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La tierra dice “no”

Nosotros, los habitantes de este país que alguna vez produjo más de 1.550 variedades de papa para el mundo y que ahora las importa del Perú. Este país que llamaba a Cochabamba su "granero” porque sus campos sembrados abastecían buena parte de los mercados del país con unos choclos enormes y sabrosos, tomates grandes, jugosos, cebolla por montones, verduras y hortalizas, duraznos de San Benito como pelotas de tenis, ciruelos y damascos, pacayes, piñas gordas y dulces desde el Chapare. O desde La Paz, las insuperables chirimoyas, las paltas sin fibra y suaves como mantequilla, o los mangos yungueños de esos que pisabas al paso, derramados en cantidades por el camino. Frutas cuyo sabor los niños desconocen y otras que simplemente no conocen porque están desapareciendo o bien porque parecen un chiste, un remedo de las frutas de antes. ¿Por qué?
 
Es un espejismo. O, mejor, un engaño. "Los mercados están abarrotados como nunca antes”, me dijo hace poco el responsable de Seguridad Alimentaria del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras. ¿Abarrotados de qué? De todo sí, pero gran parte de aquella oferta viene del Perú, Chile y Argentina. Cierto, reconocía él mismo relatando su experiencia con la papa peruana lista para llenar los mercados bolivianos.
 
Son varias las razones que explican por qué en Bolivia difícilmente comemos de nuestra tierra; por qué estamos inundados de pollo; y por qué estamos cada vez más gordos, más enfermos y peor alimentados. Por si esto fuera poco, el Gobierno pretende usar parte de nuestro dinero en un préstamo al sector agroindustrial que hace posible precisamente este desalentador panorama.
 
No es de ahora, claro. La migración del campo a las ciudades lleva ya varias décadas, con lo cual la tierra está abandonada o subutilizada. En Cochabamba, la economía de la coca ha vaciado los campos antes fértiles y los ha sustituido por ladrillo y minubuses. Pero los últimos años esto se ha intensificado porque ser pequeño o mediano agricultor campesino resulta un mal negocio. No hay políticas públicas de apoyo al sector (Fondo Indígena kaputt), sino al contrario: el dólar barato permite comprar o contrabandear y rebalsar los mercados de productos importados. De ahí que el exagricultor campesino prefiera entonces ser comerciante con dinero en el bolsillo y karaoke en la casa. Es su derecho. De modo que los pequeños y medianos agricultores sobrevivientes están en desventaja y, eso: sobreviven.
 
No son pocos, es más: 99% de las unidades productivas corresponde a pequeños y medianos agricultores. Pero resulta que éstos ocupan sólo el 27% de la superficie cultivada. El 73% de la tierra cultivada en Bolivia está en manos de los grandes productores que son el 1% y se concentran en Santa Cruz, Beni y Pando. Ese 1%, sin embargo, produce el 67,5% de toda la oferta nacional de alimento: soya, sorgo, girasol, caña de azúcar, maíz, trigo y arroz. Pero como obviamente ese no es nuestro único alimento, los pequeños y medianos productores agropecuarios dispersos por todo el país completan el 35% restante que llega a los mercados: hortalizas y verduras, absolutamente insuficientes. 
 
Para más datos: sólo el 1,4% de los productores bolivianos más o menos asegura su trabajo produciendo cacao, café o soya para el mercado mundial (commodities), 7% son productores mercantiles (arroz, maíz, hortalizas, frutas, etc.) y el 91% son productores de subsistencia, que producen papa, tubérculos y camélidos para sí mismos (Marginalización de la agricultura campesina e indígena, Fundación Tierra)
 
Por lo tanto, si el Gobierno quiere sacar dinero de nuestros ahorros para el sector agrícola, se trata de ese 1% que no garantiza rentabilidad (sino, por qué pedirían socorro) y tampoco, como verán, hay interés en sostener y menos impulsar seguridad alimentaria alguna sino todo lo contrario. El presidente Morales ha manifestado su intención de ampliar la frontera agrícola en 10 millones de hectáreas para cultivos de exportación. Por eso ahora sólo ratifica su opción por el sistema de hiper-mono-producción capitalista mundial que ha hecho de estos lares su chaco, en detrimento precisamente de la seguridad alimentaria y, claro, de los pequeños y medianos agricultores. Más aún, si algo queda claro es que, dada la crisis, el gobierno de Evo Morales busca sustituir gas por soya que le permita pagar los bonos que lo sostienen. 
 
Pero no. La tierra dice no, y nosotros también.
 
Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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