¿Por qué deberíamos interesarnos en Corea de Sur?

La primera semana de abril, cinco miembros de movimientos sociales de Corea de Sur visitaron Ecuador y Bolivia 1. En nuestro país, la iniciativa fue promovida por el Foro Mundial de Alternativas y la Comunidad de Estudios JAINA en coordinación con la Escuela de Gestión Pública Plurinacional, para dar a conocer y desmitificar algunos aspectos de la experiencia surcoreana, a tiempo de aprender de los avances y dificultades que se encuentran en América Latina, en este proceso que ellos analizan como postneoliberal pero no postcapitalista.

El mensaje que trajeron fue muy claro: el modelo surcoreano que está siendo visto desde afuera como el "milagro económico" y se promueve como una "vitrina" a admirar en términos de avance tecnológico e industrial, no es tal, y al contrario, al interior esconde una serie de problemas muy poco conocidos


Lo conocido

Cuando uno piensa en Corea del Sur posiblemente lo primero que se le viene a la cabeza es el crecimiento espectacular que ha tenido desde la década de los noventa. Otros recordarán que logró hacer frente a la crisis del Asia de 1997, convirtiéndose en uno de los más importantes "tigres asiáticos" junto con Taiwán, Singapur y Hong Kong. Tal vez otros traigan a la memoria que fue uno de los países asiáticos más afectados por la crisis financiera mundial –el crecimiento del PIB cayó de 5,1% en 2007 a 0.2% en 2009- y sin embargo, también fue una de las primeras economías en salir de las crisis gracias al crecimiento de sus exportaciones y la inyección de capitales extranjeros.

En lo social, se lo conoce también por ser un país con una gran tradición de protestas masivas y movilizaciones pacíficas que experimentó una especie de "milagro" educativo que ha logrado en 60 años no sólo reducir el analfabetismo sino también situarse en el podio de la educación mundial. Pero también es conocido como el país con una de las fronteras sino la más militarizada en el mundo con fuertes tensiones con Corea del Norte que podrían desembocar en una confrontación nuclear que despierta la atención del mundo.

Y ahí surge la pregunta, ¿porqué en Bolivia deberíamos interesarnos en este lejano país? Porque su lejanía tal vez no es tan grande como aparenta y si bien su modelo económico ha generado un crecimiento que muchos admiran -convirtiendo a su economía en la 4ta más grande del Asia y la 13va más grande mundo- según Cho Deok Wen, Director del Instituto de Investigaciones Coreano Siglo XXI, esto ha sido a costa de muchos sacrificios casi desconocidos, lo cual, nos permite aprender de similitudes y diferencias, sobretodo en el contexto de crecimiento, sin precedentes y casi embriagador, en el que vivimos.

De una u otra manera, la producción surcoreana nos rodea y forma parte de nuestro cotidiano vivir, inclusive sin darnos cuenta de ello. Es inevitable no encontrarnos con productos que van desde música, celulares, electrodomésticos o cientos de autos que recorren nuestras calles, detrás de marcas de renombre mundial como Samsung, LG y Hundai Kia. Pero con o sin marcas, están presentes incluso en nuestras manifestaciones culturales; que muestran como en la última década éste país asiático se ha convertido en uno de los principales destinos comerciales -junto a la India y la China- para la provisión de telas que pronto serán lucidas en coloridas mantas y polleras danzantes durante la fiesta del Gran Poder.

Pero no todo es una fiesta, lo que poco se conoce es que en la década de los 90, tras el fin del periodo militar que duró 30 años, comenzó la industrialización de ese país pero ese proceso no se hizo gracias a recursos y capitales propios sino a capitales extranjeros, principalmente norteamericanos, y la instalación de una batería de industria pesada que empezó a provocar una ola de efectos sociales y ambientales profundos. Quienes se beneficiaron fueron empresas y capitales multinacionales. Hoy de las 22 principales empresas del país el 60% pertenece a capitales extranjeros. Detrás de este modelo se encuentra una estrategia geopolítica, en la que EE.UU tiene la intención de mostrar en Corea del Sur "su vitrina de progreso" en respuesta al desarrollo de Corea del Norte, industrializada desde los años 70.

El resultado es un país modernizado pero no occidentalizado; con una economía que gira entorno a la lógica de occidente pero su raíz vive una cultura y una tradición oriental con fuertes principios como el compromiso, el honor o la lealtad, en una sociedad en la que el legado confuciano perdura en las relaciones sociales y cuyos efectos no pueden vistos fuera de ese contexto.

 

Lo desconocido

Lo que desconoce es que esta vitrina económica en realidad se construye a costa del sufrimiento del pueblo surcoreano, afirma Cho, y las principales víctimas de este sistema liberal son los pequeños agricultores, los jóvenes y las mujeres.

Hasta hoy en día, el movimiento de mujeres lucha para que se reconozca y "repare" el daño que hicieron a más de 20.000 mujeres surcoreanas reclutadas como esclavas sexuales para el ejército japonés durante la segunda guerra mundial. Actualmente, llevan adelante una campaña global para recolectar 100 millones de firmas que demandan el reconocimiento e indemnización de las afectadas al gobierno coreano, señala Saenal Jenong, miembro activa del movimiento de mujeres.

La realidad juvenil es alarmante, ya que detrás del "milagro educativo" no sólo se esconden elevados préstamos y deudas poder acceder a ese sistema casi prohibitivo para las personas con bajos recursos, sino que se ha traducido en la tasa de suicidios más alta en el mundo entre menores de 24 años. El 8,8% de los jóvenes encuestados en el último informe de la Oficina de Estadística de Corea del Sur confesaron que alguna vez han pensado en quitarse la vida y el 53,4% citaron como principal causa a la excesiva competitividad relacionada con la educación.

La situación de los agricultores no es más alentadora y la traducción concreta es que 3 campesinos se suicidan cada día en Corea del Sur como consecuencia de fuertes inequidades en la sociedad rural. Según Ha Yun-hi, la reforma agraria en Corea del Sur fue un fracaso y los latifundios están intactos hasta a la actualidad. Algunas tierras del Estado fueron vendidas a los campesinos pero no hubo ni expropiación ni redistribución de tierras. Los pequeños productores poseen en promedio una hectárea y sólo entre el 1 y 2% de las unidades productoras concentran la mayor parte de la propiedad de la tierra.

En diez años, la población campesina se redujo en un 70% pasando de 10 a sólo 3 millones de personas. Los campesinos surcoreanos actualmente cultivan sólo el 22% de los alimentos producidos en el país, proporción que disminuyó desde el 80% registrado en el período previo a los años noventa. Hay dos causas que explican esta situación. La primera es la disminución de los precios de los alimentos. Hubo toda una política orientada a bajar el precio de compra al productor, lo cual, provocó un gran éxodo de personas de las zonas rurales hacia las zonas urbanas para crear toda una bolsa de mano de obra barata destinada al proceso de industrialización. Y la segunda causa es la apertura de las fronteras surcoreanas a los mercados de productos alimenticios y mercancías que se materializó en los años noventa a través de la firma de 48 tratados de libre comercio (TLC) que tuvieron impactos directos en la economía campesina surcoreana.

Para ilustrar la situación alimentaria, antes de la industrialización tenían 100% de autosuficiencia alimentaria de arroz y trigo; actualmente se produce 3% de trigo y el 50% del arroz que se consume proviene de EE.UU. Dentro de las condiciones del TLC con EE.UU. indican que el 25% de las importaciones de trigo tiene que ser de ese país.
Según Ban Myoungja, Ex vicepresidenta de la confederación nacional de sindicatos, el milagro económico de Corea del Sur se logró a costa de los trabajadores en la medida que sus salarios reales han caído sensiblemente, llevando a gran parte de la población a endeudarse. Esta situación está empujando a que los agricultores no resistan las presiones socioeconómicas y culturales y terminen por suicidarse.

En un entorno en el que el crecimiento y la modernización muestran una prosperidad exuberante, del otro lado, se esconde en el campo o debajo de los puentes en las ciudades, la enorme presión que esta "economía vitrina" genera sobre la sociedad rural, sobre las mujeres y los cientos de jóvenes a quienes se quitan la vida. Y, si, posiblemente, los defensores de este modelo tengan razón y se trate de una vitrina, pero no sólo por lo que se admira al frente sino por lo que se esconde detrás de ella.

En palabras de Houtart "ningún avance tecnológico se realiza sobre un vacío social". Y Bolivia definitivamente no queda exenta de esa afirmación. La actual agenda boliviana al 2025 está orientada a un acelerado avance industrial a través de la extensión de la frontera agrícola de 3,8 a 13 millones de hectáreas, es decir más de 200% y la ampliación de la frontera hidrocarburífera de 2,8 a 24 millones de hectáreas, cifras que cubren el 22,4% del territorio nacional y que afectaría a 11 áreas protegidas de las 22 que existen en el país; entre ellas, la del Madidi se verá afectada en 75%, la de Aguaragüe en 72% y la de Pilón Lajas en 82% (CIPCA 2014); sin contar con la enunciada construcción de una planta nuclear.

De ahí, que la experiencia surcoreana no sólo sea aleccionadora sino que nos lleva a cuestionarnos sobre los impactos que estas medidas económicas tendrán en el país y en ese "vacío social" formado por mujeres, jóvenes y agricultores.

Un común denominador entre estos países podría ser que ambos han escrito su historia con los pies, como menciona Miranda (2014), en referencia a las tantas y largas marchas vividas. Sin duda, frenar el avance tecnológico, sería como querer parar un tren con los brazos abiertos, pero no considerar iniciativas como el apoyo efectivo a la pequeña producción campesina, la alimentación diversificada en base a productos locales y de temporada o la implementación de tecnologías sostenibles podría ser un fracaso mayor. Y sin duda, mientras el dinero siga cegando nuestras mentes y el agronegocio alimentando nuestros estómagos, la historia de nuestros países continuará escribiéndose con los pies.


 

[1] Llegaron a Bolivia: François Houtart, sociólogo belga e investigador del Instituto de Altos Estudios de Quito junto a personas con una amplia trayectoria en movimientos sociales y centros académicos de Corea del Sur: Ha Yun-hi, Líder y Fundador de la liga del movimiento campesino; Ban Myoungja, Fundadora y Vicepresidenta de la confederación nacional de sindicatos; Cho Deok Weon, Coordinador del Forum Internacional Coreano y Director del Instituto de Investigaciones Coreano Siglo XXI; Ji Youngchul, economista y Director del centro de investigaciones sobre alternativas económicas; y Saenal Jenong, Socióloga y miembro activa del movimiento de mujeres.

 

 

 

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