La urbanización como ruta 'natural' para el desarrollo

Nuestro mundo es cada vez más urbano. Se estima que en la actualidad cerca del 54 por ciento de la población mundial vive en áreas urbanas y que de continuar esta tendencia el 66 por ciento lo hará en el 2050. Animados por la fuerza de este hecho, un grupo de economistas con influencia global ha sugerido que la urbanización es la ruta 'natural' para el desarrollo. En líneas generales el argumento es el siguiente: las ciudades, como centros de aglomeración, favorecen el desarrollo económico debido a que aumentan la densidad de consumidores y reducen la distancia entre la gente y los negocios; es decir, la concentración en un mismo espacio aminora los 'costos de transacción'. De esta manera se crearían 'procesos virtuosos' que si están acompañados por una reducción de las barreras económicas y la consolidación de los mercados globales, tendrían el potencial de esparcir el desarrollo por el mundo.
Este planteamiento ha sido particularmente bien recibido por los organismos internacionales como el Banco Mundial. Este último lo promocionó ampliamente en su informe de desarrollo mundial del año 2009 titulado: "Una Nueva Geografía Económica" y en su correspondiente estrategia: "Sistema de Ciudades: la urbanización, motor del crecimiento y el alivio de la pobreza". En nuestro país, la idea ha tenido cierto correlato en el reciente informe nacional de desarrollo humano presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Si bien los procesos de urbanización son presentados como una realidad objetiva, su mensaje no es solo descriptivo sino también normativo; es decir, no solo nos describen la situación sino que también nos sugieren el camino hacia adelante. Este es un hecho reiterativo en los informes de desarrollo de los organismos internacionales pues es mediante estos que pretenden moldear la llamada "agenda del desarrollo" a la medida de los preceptos de la corriente dominante.
Como era de esperarse, la crítica más contundente a esta noción surge entre los geógrafos especializados en la economía política de los procesos de desarrollo, quienes vienen preguntándose por varias décadas sobre el efecto de la escala. En primer lugar, si es verdad que la concentración urbana termina conformando centros de desarrollo económico, entonces eso implica que el resto de las regiones quedarían de algún modo mermadas; es decir, el desarrollo geográfico desigual no sería solo inevitable, sino incluso deseable. Sin embargo, el concebir la inequidad regional como producto del grado de densidad demográfica, la distancia y la división en los mercados, desvía la atención de las relaciones de poder que influyen históricamente en la perpetuación de esta inequidad. En otras palabras, las regiones marginales son marginales no porque estén lejos de los centros de aglomeración sino porque han sido relegadas y distanciadas de los centros de poder. Esta condición impuesta se explica a su vez por procesos de desposesión y prácticas de discriminación que sistemáticamente excluyen a ciertos grupos de la población de la capacidad de ejercer influencia política.
En segundo lugar, los promotores de esta idea ignoran explícitamente los impactos sociales, económicos y ambientales que los procesos de urbanización tienen sobre las áreas rurales y los recursos naturales. A menudo esta ausencia se justifica con el argumento de que se trata de una mirada enfocada exclusivamente en las áreas urbanas, como si ésta fuera razón suficiente y legítima para pasarse por alto factores estructurales que están estrechamente ligados al devenir de las dinámicas económicas y la movilidad espacial de la población. La falta de mayor integralidad en el análisis lleva a conclusiones parciales y a que se ignoren aspectos cruciales, como por ejemplo, los costos de la migración urbana, mismos que podrían cuestionar el efecto de la aglomeración en el desarrollo económico.
En el plano de las políticas públicas, los gobernantes, políticos y gestores públicos son empujados a aceptar y facilitar la progresión 'natural' hacia la urbanización. Lo que probablemente pocos conocen es que por detrás de la premisa "urbanización es desarrollo" subyace una convencional recomendación neoliberal: "Los gobiernos pueden funcionar mejor promoviendo las fuerzas del mercado que proveen tanto la concentración de la producción económica como la convergencia de los niveles de vida [...]. Las fuerzas de mercado que más contribuyen son la aglomeración, la migración y la especialización" (Banco Mundial, 2009, pág. 34, énfasis añadido). Por tanto, no sorprende que entre las políticas complementarias sugeridas para lidiar con las regiones rurales y marginales se privilegie la liberalización de los mercados de tierra para así "ayudar" a que la gente venda sus propiedades y acumule el capital suficiente para financiar su migración a los centros de aglomeración. De manera similar, es posible argumentar que las políticas de libre mercado impuestas en Bolivia a mediados de los años ochenta han jugado un rol determinante en la destrucción del aparato productivo rural y por consecuencia en la acentuación de la migración campo-ciudad que hoy se resalta como un hecho casi natural en el camino hacia el desarrollo.
En esencia, esta celebración de la urbanización como la ruta para el desarrollo no es más que un intento por revitalizar los modelos económicos neoclásicos de equilibrio pero esta vez tomando en cuenta la escala. Además, su compromiso implícito con el fundamentalismo de mercado ha hecho que el geógrafo David Harvey –paradójicamente utilizado en las presentaciones del PNUD-, catalogue el planteamiento como "una versión espacial de la vieja ideología neoliberal". A los ojos del prestigioso teórico marxista, la urbanización ha sido "uno de los medios clave para la absorción de los excedentes de capital y de trabajo durante toda la historia del capitalismo", misma que en la actualidad ha tomado una forma especulativa ampliamente funcional al capital y no a la gente.
Nada de lo expuesto significa, sin embargo, que se deban desconocer las contundentes tendencias de migración campo-ciudad; sino, se advierte sobre la necesidad de mirar este proceso en su complejidad antes de plantear políticas públicas apresuradas. Para esto, es fundamental comprender la urbanización no como un fenómeno demográfico 'natural', sino principalmente como producto de una economía política que ordena la geografía del desarrollo en función a ciertos intereses.
 
* Investigador de Fundación TIERRA

 

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