La Fundación TIERRA presenta las 12 claves para entender el trasfondo del proyecto de normativa sobre la conversión voluntaria de la pequeña propiedad a mediana, que está en tratamiento en la Asamblea Legislativa Plurinacional.
La Fundación TIERRA expresa su profunda preocupación ante la aprobación, en la Cámara de Senadores, del proyecto de ley que autoriza al Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) la conversión voluntaria de la pequeña propiedad agraria a propiedad mediana, a simple solicitud de la parte interesada y en un plazo no mayor a diez (10) días.
Perú y Bolivia impulsan un posicionamiento binacional para conservar la Amazonía, priorizando la protección de los pueblos indígenas, la seguridad territorial, la gobernanza comunal y la lucha contra la deforestación y la minería, con el fin de garantizar sostenibilidad y justicia ambiental.
La Fundación TIERRA expresa su profunda preocupación ante las atribuciones otorgadas al Viceministerio de Autonomías para la “coordinación de los procesos de saneamiento, catastro y distribución de tierras”.
La Fundación TIERRA rindió un emotivo homenaje a su fundador, Miguel Urioste, celebrando su incansable lucha por la justicia social, la reforma agraria y los derechos de los pueblos indígenas y campesinos.
Una investigación sobre la expansión del maíz transgénico y la creciente dependencia tecnológica del agro. El documento llama a debatir la sostenibilidad y el futuro agrícola del país.
La Amazonía del norte paceño enfrenta incendios agravados por la expansión agrícola y el clima. El informe resalta la diferencia entre quema tradicional y fuego dañino, y pide articular saberes locales y políticas de protección.
Se destaca la urgencia de una acción conjunta y sostenida, para la crisis ambiental que enfrenta el Lago Titicaca.
Los planes para 2025 apuestan por el extractivismo, sin abordar sus impactos. Fundación TIERRA exige enfoques sostenibles y responsables.
La Fundación TIERRA ofrece la publicación en digital, que analiza los incendios que arrasaron 12,6 millones de hectáreas en Bolivia.
Los incendios forestales de 2024 ya superan todos los registros anteriores en cuanto a área quemada y número de focos de calor.

Los llamados a reconciliarse con el bosque

Los llamados a reconciliarse con el bosque

Desde 2021 a los indígenas ese ejjas de la comunidad Eyiyoquibo les espera un bosque amazónico otorgado por el INRA. Después de varios reencuentros fallidos, un día caloroso, los comunarios más decididos de la comunidad emprendieron un viaje sinuoso hacia dónde un día fue hábitat de sus ancestros. Cuando llegó el atardecer, sin embargo, todos se montaron a los camiones empolvados con el mismo ahínco de ida. Es que para habitar el bosque y recuperar la cultura también se necesitan servicios básicos.  




IM 

Martha Irene Mamani V.
Investigadora - Fundación TIERRA
Noviembre, 2023


Aquella mañana calurosa de septiembre fue diferente para la mayoría de los ese ejjas de Eyiyoquibo. Unos suspendieron navegar por el río Beni en busca de peces escasos; otros pausaron la labranza de chacos en la isla Ribero. Las mujeres, además de aplazar sus actividades domésticas, guardaron sus artesanías aún inconclusas, y las criadoras de chanchos y patos verificaron que éstos tengan comida. Había llegado finalmente el día del encuentro con Fortaleza, un territorio selvático enclaustrado en pleno corazón de la Amazonia, concretamente en el límite entre La Paz y Beni.  Estos habitantes ancestrales de la Amazonia boliviana llevaban en espera meses, años, en realidad décadas para reconciliarse con su territorio que en un pasado no lejano fue la morada de sus antecesores.

Antesala de la marcha ese ejja a Fortaleza

Lucio Games, el capitán indígena, varios días antes había convocado a las 80 familias que residen en la comunidad de Eyiyoquibo para explicarles que visitarían la tierra que les fue entregada en 2021 por el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) para que se re asienten. La noche anterior al viaje, como buscando asegurarse que ninguna familia alegue desconocimiento y esto derive en conflictos ya conocidos, el hombre de casi de 40 años, de aspecto risueño, volvió a reunirles, y esta vez explicó a detalle la expedición. Manifestó en su idioma que habían gestionado unos buses que acortaría el viaje de tres días de caminata a casi unas 3 horas a Fortaleza y que no era necesario afanarse en juntar monedas.

Los comunarios más ávidos soltaron preguntas que por mucho tiempo tenían rondando en la mente ¿podemos extender nuestra estancia en Fortaleza por al menos una semana?  Declararon diferentes razones. Unos dijeron que querían recorrer la laguna de la que escucharon hablar, explorar el bosque y si se pudiera, avizorar espacios para las viviendas. Nadie declaró sus intenciones de no regresar a Eyiyoquibo, un espacio semiurbano del municipio de San Buenaventura, con signos de hacinamiento, donde fueron reducidos desde el año 2000 después de su aislamiento voluntario. 

El encuentro con Fortaleza sería breve. “Será de ida y vuelta”, decretó el capitán en su lengua con cierta autoridad entremezclada con amabilidad. No hay víveres, vivienda, ni hay transporte para volver otro día, explicó. ¿estaría exagerando el capitán? Lucio sabía lo que decía, es que vivir en el bosque requiere condiciones mínimas de habitabilidad que Fortaleza no tiene. Lucio es uno de los pioneros del ingreso a su nuevo territorio desde hace dos años, cuando de INRA dispuso legalmente la autorización de (re) asentamiento en reconocimiento de sus derechos territoriales.  

***

Francisca Sossa, mujer ese ejja de 39 años, habitante antigua y activa de la comunidad Eyiyoquibo, emocionada dice: estoy llevando semilla de sandía. Mientras da de lactar a su bebé, con su mano derecha saca de su bolso un puñado de pepitas negras húmedas y se esfuerza en explicar en castellano que lo va a sembrar en Fortaleza. A las 9:30 del martes 26 de septiembre, junto a Francisca, una caravana de hombres y mujeres, machetes, azadones y botellas de agua en mano, aguarda impaciente el arribo de camiones demorados. No falta alguien que dice que no es necesario llevar agua, porque allí hay agua natural. Hay una laguna bien bonita y limpia, alguien complementa en castellano principiante. Las mujeres tejedoras no pueden ocultar sus bolsas de yute, tampoco pueden disimular su contentura cuando se les pregunta qué esperan encontrar en su nuevo territorio. Dicen sin titubear: vamos a recolectar el cogollo de chonta y jipi japa, que son arbustos apreciados por las artesanas ese ejjas.

Francisca, entre en la esperanza y la espera de camiones demorados

—Se me ha perdido, no tengo… sentencian entre risas a la sugerencia del técnico externo sobre llevar sombreros para esquivar la insolación, como si dijeran tu idea es útil, pero inviable.

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El inicio de la nueva historia de los ese ejjas de Eyiyoquibo

Mientras los comunarios más entregados al trabajo colectivo acomodan decenas de hojas de calaminas onduladas para subirlas a los camiones, Lucio prepara un letrero recién pintado con colores cálidos que dice “Comunidad Indígena Ese Ejja Fortaleza. Fundada el 18 de agosto de 2022”. Uno de los colaboradores no duda en aclarar que en realidad el letrero debería decir “Pueblo originario Eyiyoquibo II” porque no se trata de una nueva comunidad, sino es una extensión de Eyiyoquibo. Además de las calaminas y letrero no hay otro trasto voluminoso. Nadie carga pertenencias que anuncien mudanza o migración, aunque sea temporal, más que la inquietud de recorrer libremente un bosque del que fueron enajenados desde las postrimerías del siglo XX, cuando en la amazonia se reconocieron derechos agrarios a comunidades campesinas y de interculturales, otros pueblos indígenas y otros actores.

Debajo del sol incisivo y el sopor del calor fatigante que alcanza los 40 grados, más de 60 ese ejjas se embarcan precipitados en dos camiones destartalados y dos minivanes ruidosos. En medio de la aglomeración, no faltan escolares que merodean los buses para montarse a última hora e ir al encuentro con el bosque donde moraron sus abuelos y bisabuelos. Resalta a primera vista la presencia de las mujeres de edades variadas. Las viajeras no van solas, en sus regazos cargan varios niños descalzos, en algunos casos se tratan de nietos. A diferencia de los varones, para todas ellas será la primera vez que pisarán Fortaleza.

La caravana de los ese ejjas despojados de su territorio ancestral, tan pronto como los carros arrancaron sus motores, surcaron por la carretera San Buenaventura – Tumupasa en medio de un paisaje gris salpicado por grandes propiedades ganaderas, cañaverales extensos, asentamientos de comunidades campesinas y árboles en pleno quemazón. Al inicio de la travesía, entre los viajeros se sobrepuso un silencio casi intimidante, nadie se animó a espetar alguna palabra, ni siquiera un adiós a los que se quedaron en Eyiyoquibo. Para algunos ese ejjas era la primera vez que se subían a un carro y tardaron en acercarse visualmente a una realidad ajena a su cotidianidad. No es que nunca habían viajado o explorado territorios distantes de su asentamiento actual, de hecho, la población esa ejja alberga una larga experiencia familiar de desplazamiento geográfico permanente, pero sus rutas siempre fueron los ríos.

Viajar 80 kilómetros para aproximarse a Fortaleza no es tarea sencilla. Los carros cargados con los llamados a encontrarse con el bosque llegan sin mayores complicaciones hasta a las instalaciones de la Empresa Azucarera San Buenaventura (EASBA), el centro azucarero del norte paceño, pero después se precisa la orientación de algún ese ejja experimentado. Los viajeros deben elevar la cabeza para divisar la vegetación frondosa que anuncia una naturaleza profunda, casi intacta. Los baches del camino, sin embargo, en seguida delatan la efervescencia silenciosa de la actividad humana en la zona. Se divisan campamentos de árboles devastados, tampoco es dificultoso tropezar con trabajadores de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) ocupados en reparar caminos que disimuladamente se bifurcan.   

 La muerte silenciosa de bosques 

—Este camino no había hace un año atrás, nosotros hemos trabajado y abierto, dirá más adelante Lucio, mostrando cierta complacencia.

***

Empapado de sudor y manchado de cuerpo entero por la polvareda, Lucio fue el primero que surgió en Fortaleza ese martes. A Lucio le gusta liderar, una cualidad que había aprendido durante la dirección de un centro evangélico que coexiste en Eyiyoquibo, por eso esa mañana agarró su moto roja y adelantó su travesía. Lucio es papá de cuatro niños y es uno de los ese ejjas más convencidos de que Fortaleza es la respuesta a la crisis prolongada que enfrentan las familias de Eyiyoquibo. Va ser cuesta arriba redefinir nuevamente las estrategias de vida, pero se tiene que hacer, expresa. Es que el contexto agrario apabullante de la amazonia hizo que los ese ejjas mutaran en tiempo récord de una vida de pescadores itinerantes a una vida en un asentamiento fijo, del río y del bosque al área urbana, del aislamiento al contacto inicial y directo con la sociedad nacional, de recolectores a agricultores. Este recoveco de lucha por la sobrevivencia les ha dejado un estado de ruina y modorra social del que aún les cuesta readaptarse, donde el acceso a la tierra es fundamental para la reparación de su cultura, pero no suficiente.

Lucio, internado en el frondoso bosque de Fortaleza

Mientras intenta cubrir con su palma el tatuaje borroso de su brazo izquierdo, Lucio comenta que no le gusta la pesca por lo complicado y el solazo que reciben los pescadores, entonces su inclinación es a la agricultura. Explica que con apoyo de instituciones externas lograron desmontar en Fortaleza casi media hectárea para cultivar alimentos, y no duda en decir que su mayor anhelo es comercializarlos en el mercado de Rurrenabaque. La mirada activa de Lucio revela alegría cuando enumera los alimentos que sembrarán: cacao, arroz, yuca, camote, plátano, maíz y un sinfín de frutas. Las familias van a poder sembrar todo y cuanto que quieran, precisa como dando a entender que Eyiyoquibo no da para eso.

En Fortaleza, el capitán Lucio fue alcanzado por la comisión de mujeres. Ellas, ni bien pisaron el nuevo territorio, en seguida recolectaron madera seca para levantar fogatas cerca de las riberas de un rio todavía sin nombre ¿Fuego en los 40 grados de calor? Es para espantar mosquitos, murmuran. Mientras sancochan plátanos verdes, procuran apaciguar el llanto de los niños que muestran indicios de sofocación. También ponen a hervir arroz, como si no se fiaran de la comida que había diligenciado Lucio. Otra comisión de viajeros llegó tarde al encuentro por tomar un camino equivocado, no por despiste sino porque no supieron cómo ubicarse geográficamente, señala Apolinar, el otro comunario vanguardista. Entre los comunarios nadie tiene GPS, brújula o mapa georreferenciado.    

Descanso colectivo en el corazón de Fortaleza

Francisca, mamá de 6 hijos, llegó a Fortaleza calada de sudor y asfixiada por el polvo seco. Aquí es fresquito por los árboles, señalan con una sonrisa. De alguna manera, la mujer de casi cuatro décadas ya sabía cómo era su nuevo territorio; su esposo Wilson, otro de los pioneros del ingreso a Fortaleza, llevaba años describiéndole entre realidad y ficción, retazos de historias sobre los chillidos de monos, las correrías de tropas de chanchos de monte o el paso de tigres ambulantes o víboras. Francisca sabe que no será la última vez que interactuará con Fortaleza, entonces después de almorzar prefiere tomar asiento para cuidar de su niño y no arrojarse al bosque en busca de chonta, como lo hicieron las tejedoras experimentadas.  

Mientras tanto, algunos varones intentan cruzar el río para escudriñar los bosques que colindan con Fortaleza, porque según ellos, urge ampliar la superficie de modo que se ajuste mejor a la cantidad de familias que tiene Eyiyoquibo; Juana, una de las tejedoras ávidas, escanea con la mirada la vegetación circundante, y casi inmediatamente dice que no hay chonta en abundancia, pero eso sí, reconoce, está mucho mejor que en Eyiyoquibo donde hace mucho que la chonta desapareció. Juana con una agilidad espontanea, esquiva arbustos y a machetazos certeros abre sendas para adentrarse más y más al bosque junto a otras tres mujeres. Al igual que sus amigas selecciona cuidadosamente las hojas de chonta para después retirar las franjas espinosas. En cada senda identifica plantas medicinales y las echa en su bolso, mientras con esmero explica en castellano: ajo ajo para la fiebre, cola de ratón para la fiebre, gabetillo amarillo para la gastritis, chuchuaso para el resfrío.

—De esto haré como tres canastitas o abanicos, responde a mi pregunta sobre para qué usará las hojas verdes claras de chonta.

Recolección de cobollos de chonta

***

La colectividad de los ese ejja de Eyiyoquibo si bien por primera vez que recorren su nuevo territorio, en Fortaleza desde hace un par de años en sus entrañas pululan trabajadores forestales tumbando y clasificando árboles. Los árboles más frondosos están debidamente etiquetados con trozos de aluminio con códigos indescifrables que ni los Ese Ejjas, los dueños de la casa, saben de qué trata.

Lucio aún recuerda con nostalgia aquel julio de 2021, tiempos de post pandemia Covid 19, cuando en Eyiyoquibo se propaló la noticia de que las autoridades estatales después de ocho años, finalmente habían reconocido su demanda territorial. El INRA, gracias en parte a la presión constante de la Central de Pueblos Indígenas de La Paz (CPILAP), había emitido una resolución de asentamiento (DGAT-RES Nro. 045/2021) que reza:

“AUTORIZAR el asentamiento de COMUNIDAD ORIGINARIA INDÍGENA ESE EJJA DE EYIYOQUIBO (PIE DE MONTAÑA), integrada por 27 familias, en la tierra fiscal ubicada en el municipio San Buenaventura, provincia Abel Iturralde del Departamento de La Paz en una superficie de 900, 1861 ha, conforme las especificaciones técnicas contenidas en el plano adjunto que forma parte indivisible de la presente Resolución…”

— Fue una alegría grande, una alegría grande para todo indígena. Tendríamos nuestro territorio propio y estaremos lejos de la discriminación de las instituciones, de otros pueblos, del municipio…relata Lucio Games.

El fajo de la documentación, sin embargo, secundó más interrogaciones que respuestas. Les generó desconcierto la lista de solo 27 familias como beneficiarios y, sobre todo, tardaron en entender la exigencia del cumplimiento de la Función Social (FS). Según la normativa nacional, cumplir la función social supone demostrar residencia en la nueva tierra, construir viviendas y habilitar chacos de cultivo en un plazo de dos años (Artículo 156 del Reglamento de la Ley INRA), hecho que permitiría luego la emisión de un título ejecutorial de dotación. Vale decir que para que los ese ejjas puedan consolidar su asentamiento humano, debían demostrar claramente su ocupación, o de lo contario se anularía la decisión del gobierno. O sea, Eyiyoquibo podría permanecer sin tierra.

El INRA había tardado casi una década en definir si los indígenas de Eyiyoquibo realmente necesitan tierra para vivir. A pesar de realizar varias acciones, como por ejemplo, levantar un censo de población  local o exigir documento de identidad a una mayoría de indígenas que no lo tenían,  se desentendieron de la elaboración de un plan o programa de asentamiento para asegurar las necesidades socio-económicas del grupo beneficiado, como indican las leyes agrarias (Art. 101, Reglamento de la Ley INRA). Tampoco fue asumida la tarea de analizar la situación socioeconómica de alta vulnerabilidad de los beneficiarios, y menos prestaron atención a sus antecedentes de medio de vida itinerante, lo que probablemente no solo imposibilitaría su re asentamiento sino que permitiría el despojo de los recursos naturales que alberga el territorio consignado.

Lucio rememora que, en el año 2021, los comunarios de Eyiyoquibo desconocían la ubicación del territorio de 900 hectáreas fuera de papeles que mostraban una silueta redonda atestada de códigos numerales. Repite el relato que ha expuesto más una de vez ante el Estado: las familias de Eyiyoquibo tienen problemas serios para subsistir cotidianamente, no tienen recursos para trasladarse inmediatamente a una zona alejada donde no hay condiciones de habitabilidad. Lucio aún recuerda con claridad que junto a un grupo de jóvenes deambularon por conseguir víveres y herramientas de trabajo para después internarse al bosque a machetear sendas por semanas enteras. Varios se enfermaron de insolación, otros cogieron diarrea y la falta de agua casi cobró vidas.    

El arroyo apreciado que cohabita Fortaleza

Lucio, al final reconoce que difícilmente hubieran concretado el ingreso a su territorio si es que no se hubieran contactado con una empresa china dispuesta a abrir una senda de alrededor de 32 kilómetros, a cambio de explotar madera. Asesorados por técnicos facilitados por el Plan de Pueblos Indígenas del Banco Mundial, los ese ejjas encararon la burocracia para gestionar planes de manejo forestal ante la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra en el municipio de Ixiamas. Después de varios papeleos y pagos cuantiosos, lograron la autorización para la explotación de 10 hectáreas de bosque donde no tardó en instalarse la empresa maderera. Aun así, tardaron más de 365 días en establecer un relacionamiento sostenido con su territorio y recién en agosto de 2022 lo bautizaron como Fortaleza.

***

Al final de la jornada, los ojos de Lucio denotan cansancio y confiesa que se siente satisfecho. Aunque sabe que para habitar Fortaleza les espera un sinfín de diligencias y un futuro demasiado incierto, su anhelo de involucrar a los comunarios jóvenes se había cumplido. “Ellos tienen que aprender a cuidar el bosque”, repite. Pero hay una tarea pendiente que le inquieta, quizá lo más importante del recorrido colectivo: instalar el letrero comunal. Hoy la preocupación de los ese ejjas de Eyiyoquibo ya no es solo demostrar al INRA que necesitan tierra, sino proteger su territorio de los avasalladores intrépidos que suelen asentarse en áreas aparentemente vacías. Los comunarios, al igual que Lucio, se muestran convencidos de que estacar un letrero sobre el camino puede ayudar a advertir explícitamente que Fortaleza tiene dueño y son los Ese Ejja de Eyiyoquibo.

Redoble de los comunarios de Eyiyoquibo por sus derechos territoriales 

Lució explica que los Esse Ejjas de Eyiyoquibo no son los únicos habitantes sin tierra que diligencian arduamente su asentamiento en las tierras fiscales en el corazón de la Amazonia. Fortaleza está rodeada por áreas asignadas a comunidades indígenas tacanas y comunidades campesinas quienes llegan a poseer cerca de dos mil hectáreas por comunidad. Allí, no faltan grupos de migrantes agrupados en asentamientos de facto que buscan tierras e interpelan a los ese ejjas por afectar propiedades privadas.   

Luego de poner el cartel, y ya cuando el sol comienza a desaparecer en el horizonte, los ese ejjas se apresuraron a montar en las camionetas y enfilar rumbo a Eyiyoquibo. El inicio del viaje ya no es silencioso. Entre risas ruidosas y contagiosas coinciden que lo más bonito fue ver el arroyo, quizá en añoranza de su memoria de navegantes. Las mujeres parecen apreciar más la tranquilidad, el aire fresco y sobre todo los materiales para la artesanía. Hay jipi japa y chonta, hemos verificado bien, señalan sin ocultar su desazón por lo corto de la visita. Su incredulidad de una mudanza definitiva parece haberse cobrado más fuerza y una pregunta que reiteran es qué haríamos cuando los niños se enfermen. Tendríamos que pedir que venga a vivir con nosotros una enfermera, señala unas de las artesanas más entusiastas. A los varones lo que más les preocupa, sin embargo, no es la salud, tampoco la comida o vivienda, sino asegurar el tránsito sostenido a Fortaleza, lo que da entender la perspectiva de una doble estancia entre Eyiyoquibo y Fortaleza. En tiempos de lluvia, el camino se inunda, todo se enfanga y nadie puede entrar aquí, comentan.  

Si en algo coinciden entre hombres y mujeres ese ejjas es que hoy deben soñar a lo grande, y uno de esos deseos es conseguir transporte propio. Si hasta ahora Fortaleza ha continuado relativamente abandonada es porque no hay movilidad para trasladar nuestras cosas para vivir allí y que nos permita entrar y salir y sobre todo acarrear los alimentos que vamos a cosechar, señalan. No queremos depender de nadie, alguien completa.

Los llamados a reconciliarse con el bosque saben que el acceso al territorio es fundamental para la revitalización de su cultura indígena, pero no suficiente. Probablemente su desafío no es quedarse o marcharse de Eyiyoquibo, sino cabalgar entre dos universos distanciados: un mundo urbano excluyente, pero que les permite acceder a servicios básicos como energía eléctrica y agua potable y el otro mundo, en el bosque, que los conecta con sus ancestros, pero alejado de sus necesidades actuales. Su lucha exasperada se torna compleja cuando el Estado Plurinacional asume que su obligación termina con la rúbrica de papeles, y olvida que para crear y recrear su cultura tradicional, los pueblos indígenas del bosque también necesitan servicios de salud, educación, vivienda y demás derechos.

Equipo de trabajo:

Facilitación del trabajo de campo: Rudy Idiaquez.
Responsable de fotografías: Solange C. Molina.


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El Cacique acorralado

El Cacique acorralado

Rosendo Merena es un perseguido de la autoridad fiscalizadora de bosques. Ha sido encontrado culpable de un delito forestal que sólo existe en papeles, deliberadamente escondido en una maraña de ilegalidades e intereses en contra de los pueblos indígenas de la Amazonia.




AV 

Gonzalo Colque
Investigador -  Fundación TIERRA
Junio, 2023

Entre las deudas que el Estado espera cobrar está una multa de 1.437 unidades de fomento de vivienda (UFV), que equivale a unos 3.450 bolivianos, aunque a la banca estatal no le caería nada mal recibir en billetes norteamericanos, unos 495 dólares. El deudor moroso es Rosendo Merena, un cacique indígena que lidera la lucha de una decena de comunidades tsimanes (pron. chimanes) en la Amazonia boliviana. Fue acusado, procesado y declarado culpable por la Autoridad de Bosques y Tierra (ABT), el ente público a cargo del control, fiscalización y regulación del sector forestal. Lo enjuició por dos desmontes que, según la autoridad, son ilegales y suman 7,5 hectáreas. Por más de cinco años (2017-2023), la ABT inculpó a Merena por el supuesto delito, redactando informes técnico-legales, ordenando peritajes, firmando todo tipo de documentos, gastando tinta y papel. Todo ese tiempo, los juristas del ente fiscalizador se ocuparon de casi todas las diligencias, excepto de una: contactarse con el procesado.

Hasta el 14 de marzo de 2023, Rosendo desconocía los ajetreos legales en su contra. Esa mañana, junto a su hijo Jairo viajó a San Borja, departamento de Beni, cargando dos arrobas de majo para costear los gastos de transporte. Una vez que obtuvo setenta bolivianos por la venta del fruto amazónico, se apersonó a la oficina regional de la ABT. En los días previos, Jairo había sido contactado por el abogado forestal, quien le insistió por el apersonamiento de su padre. El cacique fue recibido con un vaso de coca cola. Bebió un sorbo de la gaseosa, intercambió algunas palabras con el funcionario y sonrió satisfecho cuando tuvo en sus manos las fotocopias de unos documentos comunales que había solicitado tiempo atrás. El letrado le extendió un bolígrafo y más papeles. Aunque el desconfiado cacique se resistió por unos instantes, acabó garabateando su nombre en las notas de conformidad. Cuando ya había traspasado la puerta de la calle, el abogado salió a su encuentro con la excusa de haberse olvidado de algunos detalles. Esta vez sin rodeos, le habló que había sido encontrado culpable por unos desmontes ilegales, le aconsejó recaudar el dinero y retornar al pueblo cuanto antes para depositar en el Banco Unión.

El proceso

El litigio en contra del cacique comenzó el 9 de octubre del 2017 con una denuncia escrita de los interculturales de la “Comunidad Agro-ganadera Flor de Mayo”, del municipio de San Borja. Según los tsimanes, los denunciantes viven en otro lugar, pero están coludidos con las autoridades. Al igual que muchas comunidades nuevas, Flor de Mayo tiene autorización de asentamiento de parte del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA). Abarca 997 hectáreas, las mismas que los tsimanes reivindican como su bosque ancestral. De a poco, los nuevos dueños fueron expulsando a los indígenas, pero una familia tsimane no solo soportó la presión, sino que se había atrevido a chaquear un pedazo de tierra para plantar plátanos, sembrar yuca y algo de maíz.     

La ABT atendió de inmediato la denuncia. Demoró tan solo dos días para la admisión y organización del viaje de inspección. El 12 de octubre una comisión al mando del funcionario Clavijo se trasladó a Flor de Mayo. Los inspectores no ubicaron a la familia tsimane, pero aconsejados por los interculturales, se trasladaron hasta la “Comunidad Tsimane 10 de Junio”, en busca de uno de los denunciados: Rosendo Merena. A la entrada de la comunidad, notaron señales de otro desmonte a ambos lados del camino, por lo que decidieron ejecutar una segunda inspección que no estaba en los planes del viaje. Después de la inspección sin testigos tsimanes, llegaron hasta la vivienda del cacique. Una choza sin paredes en medio del monte. El objetivo era entregar la notificación o “citación de comparendo”, pero el denunciado estaba ausente.


En los meses restantes del mismo año (2017), el proceso sancionatorio avanzó a pasos acelerados. La ABT determinó en trabajo de gabinete que existían dos desmontes ilegales, uno de 1,89 hectáreas en Flor de Mayo y el segundo de 5,67 hectáreas en 10 de Junio. También llegó a calcular la multa que en total ascendía a 1.437 UFV. Asimismo, tomó la decisión de iniciar un proceso “sumario administrativo” en contra de Rosendo Merena, señalado desde ese momento como el único “supuesto infractor”, sin más pruebas que la carta de los interculturales de Flor de Mayo. A fin de cumplir con los procedimientos de ley, la autoridad forestal otorgó un “periodo probatorio” de 15 días para que el acusado asuma defensa y presente las pruebas de descargo que vea conveniente. Para la activación de este plazo fijado hacía falta una diligencia obligatoria: la notificación escrita en manos del cacique.

El periodo probatorio no arrancó hasta mediados de 2018. Por alguna razón, la ABT había perdido el entusiasmo inicial a la hora de tener que viajar por segunda vez a la comunidad de Rosendo. De hecho, no viajó. En lugar de notificarle en su domicilio, la ABT optó por la emisión y publicación del llamado “edicto”. Justificó falsamente tal decisión indicando que no había notificado personalmente al interesado “en razón que se desconoce el domicilio del señor Rosendo Merena”. Los edictos 013/2018 y 015/2018 fueron difundidos por la radio Jipijapa FM 93,5 de San Borja, a sabiendas de que el cacique vive fuera de la cobertura radial y sin acceso a la red eléctrica. La emisión radial sirvió para clausurar el “periodo probatorio” que el acusado tenía a su favor para defenderse. Luego de este paso decisivo, el proceso legal ingresó a su recta final.

El 2019, la ABT volvió a la carga. Luego de haber abandonado la causa por unos meses, desempolvó el expediente en contra de Merena. Esta vez, ratificó y dictaminó las decisiones previas mediante dos “resoluciones administrativas”. En estas, advertía al desinformado cacique con ejecutar la deuda ante los tribunales de justicia; es decir, utilizando la fuerza pública para confiscar y rematar sus bienes. También resolvió la paralización de todos los trámites presentes y futuros. Entretanto, el cacique tsimane seguía en su mundo, todavía ajeno a las malas noticias.

Al igual que en el “periodo probatorio”, la autoridad forestal estaba obligada a entregar una nueva notificación con la resolución emergente del proceso administrativo. Y para que el formulario de notificación tenga valor probatorio, hacía falta la firma del sancionado. Pero, en los meses y años subsecuentes, la ABT no se molestó en buscar al cacique acorralado y así cerrar el expediente. En lugar de ello, prefirió armarse de paciencia, mantenerse agazapada, esperando el momento oportuno.

La espera terminó aquel 14 de marzo del 2023, cuando el cacique tsimane se refrescó con el vaso de coca cola.

Culpable sin pruebas

La “presunción de inocencia” es la máxima garantía fundamental de todo procesado. El código penal boliviano dispone que “todo imputado será considerado inocente y tratado como tal en todo momento, mientras no se declare su culpabilidad en sentencia ejecutoriada”. Es más, aclara que “la carga de la prueba corresponde a los acusadores”. Sin embargo, la ABT actuó exactamente al revés. Al no haber notificado al cacique despreció el “debido proceso legal”, acusó sin pruebas y, como si fuera poco, traspasó la carga de la prueba.

Una de las resoluciones aprobadas en contra de Rosendo Merena textualmente señala:

“Aperturar el periodo probatorio de 15 días hábiles administrativos, para que el administrado asuma defensa y presente las pruebas de descargo que crea conveniente, de conformidad con el artículo 30 parágrafo IV concordante con el Art 36 del Reglamento de Procesos Administrativos Sancionadores y Aplicación de Tolerancias de la ABT por Resolución Administrativa ABT Nº 042/2016 y el Art 47 parágrafo III de la Ley 2341; para tal efecto el plazo empieza a correr desde su legal notificación”. Auto Administrativo 009-2017 emitido en San Borja el 14 de noviembre de 2017 (negrillas nuestras).

El cacique tsimane fue declarado, primero, como “supuesto infractor” y luego infractor a secas, por la única razón de que había sido mencionado en la carta de Flor de Mayo. Pero como la nota no estaba acompañada de pruebas, a lo mucho, tendría que haber sido admitida como un simple indicio.

En realidad, la ABT tenía a la vista a los probables responsables desde el momento en que los reportes técnicos confirmaron que las dos áreas desmontadas se encontraban al interior de las comunidades Flor de Mayo y 10 de Junio, respectivamente. La ley forestal determina que los propietarios (sean individuales o colectivos) son los responsables legales de los desmontes que existan al interior de las propiedades. El artículo 43 del reglamento forestal vigente es meridianamente esclarecedor: “En todos los casos el propietario es civilmente responsable por los daños ambientales originados en su propiedad”. Casi siempre, la ABT echa mano de este precepto ambiental para responsabilizar y sancionar los desmontes ilegales. Casi siempre, pero no en el caso del cacique tsimane. La pregunta inevitable es, ¿por qué siguió insistiendo en señalar con el dedo a Rosendo Merena y no responsabilizó a las dos comunidades o a sus juntas directivas? 

En las etapas posteriores, los juristas de la ABT siguieron incurriendo en otras ilegalidades. Además de no responsabilizar a las comunidades; tampoco notificaron a sus representantes; es decir, a las autoridades comunales constituidas según normas consuetudinarias. No convocaron a los denunciantes ni solicitaron pruebas de respaldo. En una muestra de desconocimiento inadmisible de la ley agroambiental y derechos indígenas, la ABT concluyó sin sustento alguno que Rosendo Merena era el “propietario” de la comunidad 10 de Junio. ¿Acaso las comunidades pertenecen a individuos y no son colectivas por definición? Aunque la comunidad 10 de Junio está afiliada al Sub-consejo Tsimane que dirige el cacique, ello no le convierte a este último en “propietario” de una comunidad. Es más, revisado el acta comunal, se constata que el inculpado ni siquiera integraba la directiva comunal.

Pero para la ABT, Rosendo resultó ser el único culpable de los dos desmontes, uno ocurrido en Flor de Mayo y el otro en 10 de Junio.


Pareja2


La dudosa verdad material

Además de las graves fallas legales y procedimentales, la verdad material de la ABT —los dos desmontes— está en duda.

Las leyes ordenan que los hechos o la verdad material deben ser verificados plenamente por las autoridades antes de tomar las decisiones de su competencia. En el caso que nos ocupa, los hechos son los dos desmontes ilegales que la ABT debe calificar y verificar según sus procedimientos. En este y otros casos de misma naturaleza, la autoridad forestal tiene que identificar los desmontes en terreno, valorar las afectaciones usando imágenes satelitales y otros medios, y analizar la base legal aplicable. 

La primera verdad material del ente fiscalizador es el desmonte en Flor de Mayo, calculado en 1,89 hectáreas. Al respecto, los indígenas no niegan que una familia tsimane chaqueó en ese lugar. Machete en mano, Gabriel habilitó una pequeña parcela a un costado de su vivienda. Lo hizo en respuesta a los reiterados intentos de desalojo por parte de los interculturales de Flor de Mayo. Sin embargo, su tenacidad duraría poco ante el cambio de táctica de los beneficiarios del INRA.

La primera movida intercultural fue, precisamente, la denuncia en cuestión ante la oficina regional San Borja de la ABT. Amedrentado por la llegada de la comitiva en camionetas y motocicletas, Gabriel se adentró en el monte y, en adelante, estuvo expuesto a una creciente hostilidad por parte de los denunciantes. El acoso redoblado comenzó a mermar el entusiasmo de la familia tsimane de producir plátanos, arroz y maíz, pero no doblegó por completo su voluntad. El desenlace no llegó.

La segunda movida fue la decisiva. El 31 de octubre de 2018, la choza de Gabriel ardió en llamas. En su impotencia, los tsimanes se trasladaron hasta la policía de Yucumo para denunciar a los interculturales como los autores del incendio. Tenían testigos de su lado. Pero, luego de varias idas y venidas, el pedido de justicia murió sin remedio.

El desmonte calculado en cerca de dos hectáreas por la ABT no coincide con las declaraciones de los tsimanes que constan en los documentos policiales. Afirman que el barbecho no supera media hectárea. Las fotos satelitales de esa época están más cerca de la verdad de los tsimanes que del informe técnico de la ABT de San Borja. Estas observaciones dan lugar a preguntarnos, ¿acaso la autoridad forestal exageró el tamaño del desmonte? ¿esta es la razón para que Rosendo en particular y los tsimanes en general no hayan sido legal y oportunamente notificados?

La segunda verdad material de la ABT es el desmonte de 5,67 hectáreas en la comunidad tsimane 10 de Junio. Consultados al respecto, los indígenas tampoco niegan haber chaqueado, pero en una extensión mucho menor. A simple vista, las huellas del desmonte todavía perviven al día de hoy. Según los cálculos realizados, lo chaqueado alcanza 1,5 hectáreas dentro de la comunidad tsimane y 1,7 hectáreas en la comunidad colindante 25 de Julio, sumando 3,2 hectáreas.

Los tsimanes tienen dos explicaciones. Primero, admiten haber sobrepasado el lindero intercomunal porque creyeron que seguía siendo parte de su comunidad. Aseveran que el lindero actual no es el real, a pesar de coincidir con los puntos geográficos registrados oficialmente en los documentos del INRA. Según los indígenas, no es la primera vez que el instituto agrario modifica los linderos en papeles a favor de los interculturales. Sin embargo, para evitar malos entendidos con sus vecinos, afirman que cedieron y abandonaron el área en conflicto. “Hemos chaqueado en vano, hemos perdido nuestro trabajo”, se lamenta uno de ellos.

Segundo, los tsimanes también confirman que ampliaron sus barbechos a ambos lados del camino comunal. “El monte se come este camino que nadie nos ayudó a levantar”, justifica uno de ellos. El primer año sembraron arroz y actualmente crecen algunas plantas de plátanos junto con el monte. A los ojos de un agrónomo, sería un sistema agroforestal. Al ser informados que el 2017 estuvo en ese lugar una comisión de inspección para medir y cuantificar los chaqueos, los tsimanes se ríen a carcajadas. Algunos en su idioma nativo y otros en español, bromean y especulan sobre las probables técnicas de medición que habrían utilizado los técnicos de la ABT.

Las dos verdades materiales de la ABT suman 7,5 hectáreas. En contraste, lo encontrado con apoyo técnico y en terreno no supera 3,7 hectáreas. No hay manera de reproducir los tamaños medidos por la autoridad forestal. Las fotografías satelitales actuales muestran algo muy distinto a lo sucedido el 2017. El monte engulló el chaqueo tsimane, mientras que los desmontes desenfrenados reinan en las comunidades interculturales del lugar.

— Midieron a su gusto, lo que querían, por eso nunca nos avisaron —suelta Rosendo.

El chaqueo indígena no es desmonte ilegal

Los abogados del ente fiscalizador saben que los desmontes pueden ser legales e ilegales. Siguen una regla simplificada: un hecho será ilegal si no tiene permiso de desmonte y a la inversa. Siguiendo esta lógica y al no haber encontrado los permisos, declararon ilegales los dos desmontes achacados al cacique tsimane. Pero, ¿acaso la ABT ignora que en realidad los indígenas no necesitan permisos para desmontes o chaqueos a pequeña escala?

Todo indica que la ABT perdió de vista la principal garantía que la Ley Forestal 1700 otorga a los pueblos indígenas. El artículo 32, parágrafo 3, precisa que “no requiere autorización previa el derecho al uso tradicional y doméstico, con fines de subsistencia, de los recursos forestales por parte de las poblaciones rurales en las áreas que ocupan”. Asimismo, el Decreto Supremo 25847 del 18 de julio de 2000 ratifica y aclara lo anterior al establecer que el “chaqueo indígena” no requiere autorización previa. Los planes de desmontes (PDM) de la propia autoridad forestal también determinaban que las comunidades podían chaquear sin necesidad de trámites hasta cinco hectáreas.

El problema es que la ABT ignoró estas previsiones legales alineadas con el derecho a la alimentación y autogobierno de los pueblos indígenas y originarios. En medio de la caótica acumulación de resoluciones, reglamentos, directrices, procedimientos y modificaciones constantes, en algún momento, la ABT rompió la ley y comenzó a someter a los indígenas a los males de la burocracia. Uno de esos momentos es el 8 de octubre de 2012, cuando aprobó la “Directriz ABT Nº 006/2012” que, entre otras cosas, crea la figura de solicitudes de chaqueos y barbechos para las comunidades. Ordena la presentación requisitos como ser carta de solicitud, copias de documentos de propiedad y planos con coordenadas geográficas. La directriz también dispone que las autorizaciones se otrogarán después de las tareas de verificación en campo.    

Al parecer, la autoridad forestal se malacostumbró a complejizar los requerimientos de las comunidades. En algún otro momento, adoptó un procedimiento llamado “plan de desmonte menor a 5 hectáreas”, para lo cual la ABT pide requisitos más complejos: carta de solicitud, informe técnico elaborado por un profesional forestal, mapa de ubicación con coordenadas geográficas, evaluación forestal, fichas técnicas, fotocopias de documentos personales, copias digitales en CD, entre otros requerimientos.

Desde entonces, la mala práctica se convirtió en ley.

Los funcionarios forestales habituados a la rutina de papeles y fotocopias, no se molestaron en estudiar si los desmontes inspeccionados constituían hechos ilegales o formaban parte del derecho al uso tradicional y doméstico de los tsimanes. Simplemente, al no encontrar en sus archivos las solicitudes de permiso de los indígenas, tomaron la reiterada decisión equivocada de que los chaqueos indígenas son desmontes ilegales. 

Una y otra vez, vulneraron el “debido proceso”. Procesaron al cacique sin pruebas en su contra. Y cuando tenían pruebas de su inocencia, no desistieron hasta sancionarlo. Pero en este mundo al revés, quien viola la ley no es la ABT, no es el Estado Plurinacional; sino el indígena indefenso, los tsimanes en particular, en definitiva, los pueblos indígenas de la Amazonia.


Hace un año y medio, el cacique Rosendo Merena recorre las comunidades tsimanes en una motocicleta ya sin señales de vida útil. Compró con la ayuda económica de una persona comprometida con su lucha. El destartalado caballo de metal es el bien familiar más valioso que tiene ahora, más que la choza familiar sin paredes ni muebles.

—Creo que van a rematar tu motorizado, ¿qué piensas hacer? —le insinúo.

—No sé, no sé qué puedo hacer —murmura después de un silencio incómodo.

—Pero, ¿cuál es la verdadera razón de todo esto? ¿por qué? —insisto.

—Porque no nos quieren a los tsimanes, siempre nos abusan, porque somos estorbo para los interculturales. Pero quiero decir una cosa a ABT: ni muerto nos van a sacar de esta tierra —responde, esta vez con voz firme y la cabeza levantada.

***

Apoyo y colaboraciones:
-Sub-consejo Tsimane de Bajo Colorado
-Comunidad indígena 10 de Junio
-Equipo técnico y jurídico de Fundación TIERRA-Regional Oriente

Los tsimanes, un pueblo invisible

Los tsimanes’, un pueblo invisible

En el departamento del Beni vive el pueblo indígena Chiman o Tsimane’. Su población se encuentra extendida en gran parte del territorio entre el pie de monte de la cordillera de los andes y las praderas benianas. Hay comunidades que se encuentran en territorios indígenas legalmente reconocidos como el Parque y Territorio Indígena Isiboro - Secure; el Territorio Indígena Multiétnico; el Territorio Indígena Chiman; la Reserva de Vida Silvestre y el Territorio indígena Pilón - Lajas. También hay comunidades que viven fuera de estos territorios, dentro de concesiones forestales; algunas han quedado dentro de propiedades privadas y otras sobrepuestas a áreas de sindicatos de colonizadores.

     
AV   

Alcides Vadillo P.
Director Regional Oriente - TIERRA
Marzo, 2022


Autos ‘chutos’ para llegar al pueblo de los tsimane’

En febrero de 2021, las comunidades tsimanes’ me invitaron a participar en una reunión en San Borja. Salí de Trinidad en los minibuses de transporte público que parten cuando se llenan, normalmente con siete pasajeros. Todos los pasajeros estaban con las bocas cubiertas con barbijos como medida de bioseguridad por el COVID 19. El vehículo estaba sin aire acondicionado, con las ventanas trabadas por desperfectos mecánicos, algunas cerradas y otras a medio abrir, lo que incrementaba el ambiente caluroso, y con la humedad, el sitio se convertía en un verdadero sauna a vapor. También hubo frecuentes baños de tierra y polvo, principalmente cuando el minibús se cruzaba con otro vehículo que se trasladaba en sentido contrario.

Más allá de las incomodidades del viaje, que se contrastaba con la belleza del paisaje, me puse a pensar en el minibús en el que viajaba, que no tenía placa de circulación, por lo tanto, no tenía una póliza de importación, ni el registro en la unidad policial de tránsito, ni siquiera el seguro obligatorio de transporte automotriz (SOAT). Viajé de Trinidad a San Ignacio de Moxos. Luego de San Ignacio a San Borja. Unos días más tarde pasé a Yucumo y de ahí a Rurrenabaque. En todo este recorrido me di cuenta que todos los vehículos de transporte público carecían de documentación legal, todos habían sido internados al país de contrabando.

Coloquialmente se usa el término “chuto” para expresar que algo no está bien, es inapropiado o falso. Estos vehículos, por carecer de documentos, se los conoce como ‘chutos’ pues ingresan a Bolivia vía contrabando. Más allá de su origen de fábrica, ingresan por Chile, Brasil y Paraguay; la mayor parte son vehículos usados de países asiáticos o de Estados Unidos, pero entre estos ingresan algunos que son robados en los países vecinos y también se camuflan algunos robados dentro de Bolivia y luego comercializados como “autos chutos”, con algún número de motor o de chasis alterado.

Los vehículos ‘chutos’ circulan libremente, cruzan praderas, ríos y selvas, uniendo pueblos, transportando gente, llevando y trayendo esperanzas y frustraciones; van de un pueblo a otro, de un departamento a otro; cruzan trancas y puestos policiales, controles de Tránsito. Están en las terminales de buses de todos los municipios; cargan combustibles en cualquier surtidor. Estos vehículos carecen de autorización legal, de matrícula o placa de circulación, de autorización para cargar combustibles, no tienen ningún tipo de documento; pero son los que operan todo el transporte público fuera de las ciudades principales del país.

 

 

Cuando le expresé estas preocupaciones a Sandro, el chofer del minibús que nos conducía, me dijo:

– En estos caminos no hay vehículo que aguante, no duran más de cinco años. Si tuviéramos que comprar uno con papeles, valen más del doble y nadie va dejar que suba el precio de los pasajes. Por eso, aquí, todos estamos bien con los autos chutos.

– ¿Cómo hacen para cargar gasolina si no tiene la autorización de la Agencia Boliviana de Hidrocarburos?

– Nosotros estamos organizados en sindicatos, pagamos nuestros aportes al sindicato y el sindicato se encarga de todo eso.

– ¿De qué se encarga?

– De arreglar para que nos dejen cargar gasolina tranquilos en los surtidores para que la Policía no moleste, para el uso de terminales, de todo se encargan ellos.

Quedé callado, pensando cómo serían esos mecanismos de “arreglos”.

– ¿Qué piensa?, preguntó Sandro.

– En lo organizados que somos en Bolivia, le dije, mientras pensaba que tenemos hasta sindicatos de contrabandistas o importadores de autos “chutos”.

El hotel en el que me alojé en San Borja estaba frente a la Estación de Policía, lo que me permitió una observación casual y periódica. Así pude constatar que no solamente los vehículos de transporte público eran ‘chutos’, también lo era la mayor parte de vehículos particulares. Después pude observar que los autos en que llegaban algunos policías tampoco tenían placa. Pero mi sorpresa fue mayor cuando pude presenciar dos camionetas 4x 4, patrullas oficiales de la Policía, con todos sus distintivos, que carecían de placa de circulación, lo que me hizo suponer que también esos vehículos eran ‘chutos’.

Mientras que, en las calles de San Borja, Rurrenabaque y las carreteras de todo el norte de La Paz los ‘autos chutos’ tienen carta de ciudadanía y circulan con la mayor libertad, en Rurrenabaque me encontré con una asamblea de indígenas que protestaba contra la Fuerza Naval del Estado Plurinacional de Bolivia porque no les dejaban navegar por el río. No podían pescar, no podían llevar sus plátanos y yucas para vender en el pueblo, no podían trasladarse por los ríos, como lo han hecho siempre, porque la Fuerza Naval detiene las pequeñas embarcaciones por no estar matriculadas.

Según la Fuerza Naval, el registro de buques, embarcaciones y artefactos navales —sean impulsados por motor, vela o remo— deben de estar registrados y matriculados en esa institución, de lo contrario, no puede navegar y por eso son retenidos. Los indígenas protestaban por la retención de sus cascos y por las multas que tenían que pagar cuyos montos van de Bs 100 a Bs 500. El valor depende del tamaño del casco, que es como denominan a sus embarcaciones de madera construidas por ellos mismos. 

Roxama Supavillca vive en la comunidad Real Beni distante a una hora de navegación desde Rurrenabaque. Ella, con voz dura y tono enérgico, muestra su malestar y rabia.

Nosotros desde que nacimos estábamos en el río, nos criamos en el río, el río siempre ha sido nuestro medio de transporte. Por eso hemos aprendido a hacer nuestros callapus, balsas, canoas, nuestros casquitos de madera.

– ¿Cuánto cuesta matricular un bote?

– Son Bs. 500. Eso es mucho dinero, es plata que no tenemos. Tampoco sabemos qué van hacer con ese dinero o a dónde se va ir. Ellos nunca están para realizar algún trabajo de mantenimiento, para cortar algunos árboles o palos que caen al río; nunca llegan para socorrer a alguien que tenga problemas mientras navega, en nada nos beneficia a nosotros.

Los indígenas que usaron sus canoas y cascos de madera para transportarse por los ríos, como siempre lo hicieron, fueron retenidos y multados por falta de registro; mientras que los ‘autos chutos’ parecen tener carta de ciudadanía y sin documentación alguna circulan por todas las calles y carreteras de estos pueblos.

El tema de los vehículos chutos, inicialmente, fue una anécdota del viaje, un descubrimiento de cómo funciona el Estado fuera de las ciudades principales. Sin embargo, cuando conocí la realidad del pueblo Tsimane’, me di cuenta que el tema de los vehículos chutos es una muestra de lo que es Bolivia. Es el espejo desde el cual se refleja una parte del Estado boliviano, de cómo funciona la ley, la sociedad y la institucionalidad estatal. En ese espejo se refleja el ‘Estado chuto’.

 El pueblo tsimane’

Rosendo Merena Nate se sentó frente a mí y mirándome por encima de los lentes me dijo: “Antes de que llegaran los colonizadores, antes de que llegaran los Karayanas, antes de que exista Bolivia, antes de que llegaran los españoles, antes de todos ellos, los Tsimane’ ya vivíamos aquí”.

Rosendo tenía unos lentes pequeños de aumento que tenían forma cuadrada. En el vidrio del ojo izquierdo tenía un papelito pegado que decía “+ 3,5”. Sin duda hacía referencia a la medida de aumento. Sobre el vidrio del ojo derecho había otro papelito que decía “Bs 25”. Calculo que tenía unos 55 años, era de apariencia más bien robusta, tez morena y 1,60 metros de estatura. Su actitud era seria y callada, pero de trato amable; él era el Gran Cacique del Subconsejo Tsimane’ del Sector Yucuma.

En el departamento del Beni, entre las poblaciones de Yucumo y Rurrenabaque; y entre San Borja y la Reserva de Biosfera y Territorio Indígena de Pilón Lajas, se encuentran 12 comunidades indígenas del pueblo Chimán. Pese a que este pueblo vive en esta región desde tiempos precoloniales, no se les ha reconocido el derecho de propiedad sobre las tierras que ocupan y contrariamente se las están entregando a población migrante de la región andina, conocidos como colonizadores.

Estas comunidades tsimanes’ se resisten al desalojo, se niegan a abandonar sus tierras y cultivos; y demandan la atención del Estado boliviano. Por eso, para Rosendo, es importante las referencias históricas que demuestren que su pueblo ha sido el dueño de estas tierras desde tiempos inmemoriales. 

Siempre preocupado por demostrar el dominio ancestral de su pueblo sobre estas tierras, Rosendo cuenta que esta área es históricamente conocida por los tsimane’ como Ya’cama, que luego fuera castellanizado como Yacuma y posteriormente pasó a ser llamado Yucumo. “Ahora vienen a decirnos que nosotros no somos de aquí, que no tenemos derecho”, cuestionó.

Cuando llegué a la comunidad de Río Grande, me llamó la atención que sólo había dos casitas de techo de palmera de jatata, sin paredes, rodeadas de monte. Incluso el platanal que había detrás de la casa parecía una prolongación del bosque; pasaron de cinco a diez minutos y fueron llegando otras familias tsimanes’. En la medida que llegaban podía ver los caminitos en medio del monte y al recorrer uno de ellos pude observar que a unos 100 metros había otra casita y un poco más lejos había otra, todas muy dispersas, en medio del bosque y unidas por estrechos senderos.

El pueblo tsimane’ tiene una forma de organización social muy particular, sus comunidades no reflejan la idea generalizada que tenemos de comunidad rural, como un centro o núcleo en el que vive un conjunto de gente unidas por relaciones de vecindad. La comunidad Tsimane’ está formada por pequeños grupos de seis a ocho familias, unidas por relaciones de parentesco.

“Antes no se llamaba comunidad. Nosotros no vivíamos como las comunidades que se conocen ahora, nosotros siempre hemos vivido en poblaciones dispersas, un poco cerca una de otra, pero nunca una comunidad, así como tienen los interculturales, con áreas urbanas, eso nosotros nunca hemos tenido. Nosotros vivimos en un lugar dos o tres meses y después decidimos ir donde los parientes y nos vamos por algún tiempo. Ahí donde vamos hacemos casita, hacemos plantaciones, pero después volvemos otra vez a nuestro lugar”, explicó Rosendo.

El modelo de asentamiento seminómada de los Tsimane' los lleva a organizarse en pequeños grupos. Las familias que forman una comunidad están unidas por lazos de parentescos y lengua con altos niveles de movilidad para desplazarse con rapidez para poder abastecerse de la caza, pesca y recolección, con un flujo y movilidad espacial constante. Tienen trabajos y residencias en lugares diferentes y a veces muy distantes entre ellos. No tienen ningún criterio, pero tampoco tienen intención alguna de crear núcleos urbanos; sin embargo, en las zonas cercanas a las carreteras o comunidades de colonizadores esto está cambiando

Como todas las poblaciones de cazadores - recolectores, la composición de los hogares y asentamientos comunales está sujeta a cambios bruscos y frecuentes, ya que los individuos y las familias se desplazan para, cazar, vivir y trabajar con diferentes grupos de parientes, esto cambia mucho la composición de los hogares. Esta forma de vida influye en las decisiones sobre qué cultivar, qué animales criar y cuánto se debe acumular, ya que es posible que el siguiente año o el próximo mes se vayan a otra comunidad a vivir con otros parientes.

“Nuestra gente se mueve mucho, es una forma de vivir. Nos movemos mucho, visitando a la familia, visitando a los parientes. Para nosotros visitar no es ir un día y ver cómo están. La visita es ir a vivir con ellos un tiempo y en ese tiempo uno está ayudando, está trabajando, está cultivando, y de ahí te vas donde otro pariente y después regresas a tu casa; así vivimos nosotros, de repente estamos 12 meses en un lugar y de ahí nos vamos a otro, estamos en Río Colorado, de ahí nos vamos a San Bernardo, después a Jatatal o al Maniquí y después volvemos a Colorado así vivimos”, precisó Rosendo

Rosendo es un maestro, conoce muy bien la cultura de su pueblo y sabe explicarla de forma muy didáctica. Con su exposición, pude comprender rápidamente que en la vida de los Tsimanes’ es muy importante la visita a los parientes, algo que ellos llaman ‘sóbaqui’. Se visita, se vive y se comparte con diferentes grupos de parientes por cierto tiempo, mientras las relaciones sean buenas. También consideran que convivir con mucha gente y durante tiempos largos es incómodo e incluso peligroso, porque pueden terminar en peleas y las peleas están íntimamente asociadas con brujería.

Tuve la impresión que las enfermedades, incluso la muerte, no son considerados por los tsimanes’ como hechos naturales, sino como consecuencia de la brujería, algo así como males puestos por otros. La rabia, el enojo, el miedo, son sentimientos censurados por la sociedad Tsimane’ y ven a aquellos, que no pueden controlar su enojo, como portadores del mal, de la brujería, los consideran peligrosos porque pueden hacer uso del mal, pueden matar, hay que huir de ellos.

Este pueblo, pacífico por sus creencias, se ha vuelto vulnerable frente a los otros porque no pelean por sus espacios territoriales y recursos. En casos de conflictos, las familias involucradas suelen retirarse y buscan otros espacios para vivir. Esta dinámica social se vuelve cada vez más difícil en un contexto de creciente invasión y presión sobre el territorio.

En la comunidad de Río Grande, los Tsimane’ me esperaban con jochi y chancho de monte asado, acompañado de yuca cocida y chicha de maíz, un acto generoso que valore como demostración de afecto y amistad. Compartir la comida y la chicha me permitió una conversación más fluida sobre su comunidad, su vida, sus problemas y aspiraciones.

La gente de la comunidad vive de la caza, pesca, recolección, aprovechamiento de recursos forestales no maderables como la jatata, tienen trabajos agrícolas para su subsistencia, con plantaciones de yuca, plátano, papaya y maíz.

“Esta comunidad está cerca del río, igual que las comunidades de los abuelos que siempre se asentaban a las orillas de los ríos, como el río Maniquí, Quiquibey y Securé, que son lugares de mucha pesca y agua”, contó Miguel, el Cacique de la comunidad, que solo habla el idioma tsimane’ y que fue traducido por Whitman Merena, el hijo de Rosendo.

 
“Antes no había nada, no había vestimenta como vestimos ahora, no había camisa y pantalón, se vestía con camisa de Corocho que es la corteza de un árbol de espinas que se machuca, se lava bien y queda como una malla que protege de los mosquitos eso, se costuraba con algodón. Las camisas y los mosquiteros eran de corocho”, relató Rosendo. 

Después de un breve silencio, continuó explicando elementos importantes de su cultura.  “Siempre comíamos carne cocida, no cruda, aunque no había encendedor ni fósforo, hacíamos fuego frotando los palitos así (señala con las manos). Con palitos se frotaba hasta que iba haciendo chispa y después ardía. Tampoco había azúcar, con miel de abeja se endulzaba, cuando se podía conseguir. La sal era muy escasa, siempre faltaba sal, hasta los charques se hacían secar sin sal.

Gabriel Vasnay, un joven dirigente de la comunidad de San Gabriel, me contó que cuando salen a cazar “se ponen su bata de corocho (qué es), arco, flecha y machete, luego se van en la canoa, pata pila (descalzo) por si hay que nadar en el río y porque el tsimane’ no siente ni las espinas. Si alguna vez corriendo se mete una espina de cachichira o chonta, sigue corriendo, cuando descansa en su casa recién corta para sacarla”, añadió.

Escucho sus historias de cacería, veo cómo se iluminan sus rostros, aparece la alegría, se sienten orgullosos de ser la gente del bosque. Pero cuando se habla de la tierra, se apagan, se siente su dolor, su frustración porque son despojados y amenazados por unos y humillados por otros.

 

La llegada de los Quispe


Rosendo miraba el horizonte, apreciaba un inmenso mar verde de diferentes tonalidades por la variedad e inmensidad de la floresta. Cómo si de allí llegaran sus recuerdos relató: “En ese tiempo apareció gente diciéndole a mi abuelo que había que tener papeles de la tierra, porque ahora la tierra se va vender en pedacitos, que hay gente que la están comprando.  Entonces, yo muy preocupado le he preguntado a mi abuelo ¿y nosotros como vamos a quedar ?; sin tierra vamos a estar, le dije. Mi abuelo se ha reído, esos son opas, esos están locos, ¿cómo se va a vender la tierra? ¿quién va a comprar pedacitos de tierra?   Que van hacer con pedacitos de tierra, será para hacer barro nomas - eso decía mi abuelo- no tenía idea de que venían a quitarnos la tierra en que vivimos”.

“Cuando nació mi hijo Whitman 34 años atrás —relata Rosendo Merena— apareció la colonización, llegaron retaceando la tierra. En San Bernardo vivíamos unas 60 personas indígenas cuando llegaron los colonizadores. Los primeritos que han llegado fueron Valentín Quispe y Hugo Quispe. Ellos nos decían hermanos, nosotros también somos hermanos y vamos a estar viviendo todos juntos aquí, vamos a formar entre toda una sola comunidad y tú vas a ser Secretario General, le han dicho a mi abuelo, vamos a vivir todos bien, vamos a conseguir proyectos para que nos ayuden con maquinarias y herramientas. Nosotros no teníamos ni idea que era eso de proyectos ni sindicatos.

Ahí, en San Bernardo hemos hecho una comunidad, los Quispe y los Tsimane, y ellos han decidido que a cada uno le van a dar una parcela de tierra. Como mi abuelo no entendía que era una parcela le han dicho “te vamos a dar 144 metros de frente y 1.200 metros de profundidad”.

Nosotros hemos dicho, ¿qué será eso?

No teníamos idea que era un metro, menos que serían 1.200 metros, en nuestra lengua nos preguntábamos -¿Qué será la profundidad?

No teníamos idea, pero nos han obligado a aceptar sin saber de qué se trataba y después, cuando nos hemos dado cuenta de que sólo nos estaban dejando un pedacito de tierra, entonces hemos peleado con ellos, hemos reclamado fuerte. Mi abuelo, mi suegro, mi suegra, mis tíos, todos decían no nos pueden quitar así, esto es de nosotros.

También con la llegada de los Quispe y la colonización, llegaron las maquinarias haciendo camino. tumbando el monte y metiendo ruido y comenzaron a desaparecer los animales y esa es la carne que nosotros comemos. Entonces decían los hermanos, si esta gente sigue llegando ya no va a haber animales para cazar, nada para comer, nada para nosotros.


Hubo pelea en San Bernardo y los indígenas hemos ganado, pero después ha venido la policía y como nuestros hermanos, nuestros abuelos, nuestros tíos, ni siquiera sabían hablar en castellano, no sabían cómo explicar nuestro reclamo, cómo defender a nuestros hermanos.

Los colonizadores hablaban con la policía en castellano y la policía les ha creído y han detenido a los hermanos Tsimane, yo que todavía estaba muchacho he hablado en castellano y los he defendido pero la policía les creía a los colonizadores que decían que ellos eran los dueños y que nosotros queríamos quitarle lo que Reforma Agraria les había entregado.

Nosotros, los Tsimanes, no teníamos idea de qué se podía hacer, no teníamos conocimiento donde se podía ir, no sabíamos a quién reclamar, no sabemos quiénes son las autoridades, no sabemos hasta ahora dónde están sus oficinas, no sabemos quiénes son los que tienen que dar respuestas, ni siquiera teníamos conocimiento que era un policía, hasta que han venido y se han llevado preso a algunos hermanos.

Lo que ahora se llama Unkullamaya, se llamaba San Bernardo, eso era de nosotros, de los nativos, de mi abuelo. Con la reforma agraria y la colonización entraron los colonizadores ellos han hecho un “mosaico” entre Secure y Rurrenabaque para colonización diciendo que en esas tierras no vivía nadie y nosotros hemos quedado allí adentro, han entregado nuestras tierras y a nosotros nos han sacado porque decían que ese “mosaico” era para colonización

Esto es de los colonizadores, el Estado se los ha entregado. Ellos son los dueños,  dijeron los policías.

Pero nosotros vivimos aquí, les dijimos.  

Ustedes tienen que desalojar, tienen que salir de aquí. Si no lo hacen de a buenas tenemos que llevarlos preso -dijo en tono amenazante el policía

Nosotros no teníamos ni idea de qué era eso de propiedad, a quien había que pedir?; qué trámite había que hacer?;  dónde teníamos que ir?;  no teníamos ni idea de todo eso.

Después de que la policía ha respaldado a los colonizadores y nos ha dicho que nosotros somos los que nos tenemos que salir, los colonizadores se han organizado otra vez en sindicatos, han elegido su directorio y esta vez todos eran de ellos. Nosotros ya estábamos fuera.

 


Tierra y territorios indígenas

El 15 de agosto de 1990, alrededor de trescientos indígenas de diferentes pueblos del Beni  se concentraron en la plaza principal de la Ciudad de la Santísima Trinidad, del departamento del Beni, frente a la iglesia Catedral, celebraron la misa y recibieron las bendiciones del obispo Monseñor Manuel Iriguren, quién, antes de que partieran les pidió que “empiecen esta marcha con la mentalidad, con el espíritu, con el coraje, el entusiasmo y la esperanza de marchar  por  la tierra prometida” haciendo referencia al relato bíblico por el cual Dios promete entregar una tierra de leche y miel como herencia a sus fieles creyentes.

Así iniciaron su marcha, desde la ciudad de la Santísima Trinidad hasta la ciudad de La Paz, demandando al Estado boliviano el reconocimiento de “territorio y dignidad”. La marcha duró 34 días, bajo el sol, la lluvia, el viento, el frío, recorrió  640  kilómetros y llegaron  a la ciudad de La Paz cerca de 2.000 marchistas,  quienes entraron a la ciudad con el pecho a punto de explotar, no solo por la dificultad que se experimenta al caminar a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, sino por el orgullo de haber conquistado la cumbre, atravesado la cordillera real de los andes, porque estaban demostrando a todo el país que los pueblos indígenas de la amazonia existen, que están vivos, que exigen respeto; pero además porque la gente de la ciudad de La Paz se volcó a las calles y los recibió como héroes.

Dos años después de esa heroica marcha, en 1992, en el contexto de los 500 años de la colonización de américa, tuve la oportunidad de trabajar como asesor de la Confederación Indígena de Bolivia (CIDOB), lo que me permitió conocer a los pueblos indígenas y también a Marcial Fabricano quien fue uno de los dirigentes de esa marcha indígena y posteriormente dirigente de la CIDOB. En ese contexto, un día hablando de la marcha por territorio y dignidad, Marcial Fabricano me dijo:

– “La decisión de marchar fue, principalmente, contra el avasallamiento de nuestros territorios, la invasión de colonizadores, madereros y nuevas haciendas ganaderas; pero también era por dignidad, este país no quería reconocernos, no teníamos ningún derecho, era como si nosotros no valiéramos nada, nos habían llamado de todo, nos llamaban indios, salvajes, bárbaros y lo peor, quienes nos llamaban “hijos”. La sociedad y el Estado no quieren reconocer que somos pueblos, no quieren reconocer que somos Mojeños, Sirionó, Chimanes, Por eso demandamos al Estado, respeto, dignidad, reconocimiento”

A partir de la Marcha por el “Territorio y Dignidad,” se logró el reconocimiento de cuatro territorios indígenas en el departamento del Beni, dentro de los cuales se encuentran algunas comunidades tsimanes’. Estas comunidades tienen cierta seguridad jurídica y protección de sus espacios territoriales como hábitat, aunque continúan viviendo bajo permanente presión, asedio y despojo de sus tierras y recursos naturales.

Nuestro pueblo ha quedado dividido en varios territorios, con comunidades que pertenecen a diferentes organizaciones y lo peor de todo es que hay muchas comunidades fuera de los territorios, sin reconocimiento de derechos sobre sus tierras y sin organización que las defienda”, dice Rosendo.

Varios caciques y dirigentes del pueblo Tsimane’ hacen referencia a la existencia de otras comunidades tsimanes’ que viven fuera de los territorios indígenas, en áreas de concesiones forestales, en tierras tituladas como propiedades privadas y en tierras fiscales que el INRA entrega a nuevas comunidades de colonización. Doce de estas comunidades se han organizado en el Sub Consejo Tsimane’ del Sector Yacuma, que dirige Rosendo Merena Nate como Gran Cacique.

 


La tierra de los tsimanes’


La tierra de los tsimanes’ está entre las últimas estribaciones de la cordillera de los andes y el nacimiento de las sabanas benianas, un lugar donde la tierra se transforma constantemente. Se despierta con el aire fresco de la mañana, la neblina que rocía la inmensa estepa verde, bañada de colores pálidos; a medida que avanza el día el cielo se abre de par en par y muestra un azul intenso, limpio, infinito, para transformarse en atardeceres mágicos, con el despliegue de infinidad de colores en los que prima el naranja, en el horizonte, el azul de las montañas y los tonos oscuros de la selva.

– “En este bosque reina un ambiente de cuentos. Uno necesitaría el pincel de un artista para pintarlo” - escribía Erland Nordenskiold en su crónica sobre los tsimanes’ a principios del siglo XX

La gente de este pueblo me sorprendió. Caminaban en el monte como si fueran parte de él, el medio de transporte tradicional son las balsas y canoas que construyen de madera, que conducen por los rápidos del río, jugando con la corriente del agua, desviando piedras, en un emocionante viaje que solo se detiene en los remansos del río para pescar con arcos y flechas.  El canto de las sirenas llega desde las montañas, la selva y los ríos, invadiendo todos los sentidos en un seductor y embriagador encanto.

Aquí, en este mágico lugar, es como si se desarrollara una nueva versión de la película AVATAR. Todos los días se puede observar cómo llegan colonizadores montados en tractores, comerciantes piloteando sus Toyota Noah, madereros armados de motosierras. Todos arremeten contra el bosque, cortan los árboles, venden la madera, sustituyen el bosque por chacos agrícolas, pastizales y vacas. Las familias tsimanes’, nativos de estas tierras. son considerados un estorbo, un obstáculo para el desarrollo. Los obstáculos se eliminan y eso están haciendo con estas pequeñas comunidades.

Whitman Merena, hijo de Rosendo, insistía en visitar la comunidad “Palmira” cuyas familias fueron expulsadas de sus viviendas unas semanas antes. Para ir, tuvimos que superar varios obstáculos porque los caminos son controlados por los colonizadores. Las vías estaban cerradas con rejas metálicas y candados, pese a ser obras de dominio público, de propiedad del Estado, ellos trancaban los caminos y para poder ingresar hay que buscar al responsable de la llave, pedir permiso, e informar donde se está yendo y para qué. Como ese era un mecanismo de control para impedir el ingreso de gente ajena a su organización, decidimos ir en motocicletas, cruzando por los alambrados y tratando de no llamar la atención.

A kilómetros de distancia, antes de llegar a Palmira, se escuchaba el ruido de tractores y motosierras. Las motosierras bramaban como fieras enfurecidas lanzadas al ataque, de rato en rato, se podía escuchar el largo y penetrante ruido del árbol que cae, se escucha cuando va cayendo, poco a poco y al caer se oye un ronco y largo ruido, como si fuera un grito de dolor, BRAAAAAMMM, seguido de otros quejidos más cortos y más agudos, se puede sentir como se desgarran sus ramas al intentar agarrarse de los otros árboles que están a su alrededor.

Escondimos las motos en el monte y continuamos caminando, despacio, a escondidas, sin hacer ruido para no ser vistos, como si los ilegales fueran los dueños históricos de este territorio; como si el delincuente fuera yo, pero entiendo la situación y seguimos hasta llegar donde antes vivían unas 12 familia tsimanes, en lo que ellos llaman “Comunidad Palmira”, ahora allí están los colonizadores, que se hacen llamar interculturales. Ellos, bajo presión, amenazas y violencia desalojaron a las familias indígenas y ahora sobre sus cultivos de plátano, yuca y árboles frutales, están chaqueando. Han destruido las viviendas y cultivos de los indígenas, después quemaran el chaco y con ello van a borrar todo rastro de la presencia tsimane en este lugar.


Llega el Instituto Nacional de Reforma Agraria -INRA-

Los tsimanes cuentan su experiencia con el INRA y al escucharlos voy reviviendo la novela del peruano Manuel Escorza: “Garabombo el invisible”.

- La novela señala que la expansión de la frontera agrícola llevó a la población mestiza y criolla a apropiarse de nuevas tierras, de esta forma las tierras de la comunidad de Garabombo se vieron afectadas. La comunidad decidió que Garabombo, como dirigente, debería ir a la capital, con todos los documentos para demostrar sus derechos y lograr que sus tierras sean respetadas. Garabombo viajó a la capital y allí pidió audiencia con las autoridades, pero cosa rara, nadie lo veía, nadie lo oía, se había vuelto invisible y si el portador del derecho es invisible, no existe, tampoco existen derechos.

Garabombo vuelve a su comunidad y explica el extraño mal del que padece, es invisible, nadie pudo verle, ni escucharle y menos ver los derechos que ellos tienen. Frente al peligro de perder sus tierras, deciden resistir la ocupación y Garabombo, aprovechando que es invisible, entra al cuartel, buscando armas e información, pero para su mala suerte, justo allí se hace visible y es descubierto, detenido y encarcelado.

Los conflictos por tierras entre hacendados, empresas forestales, campesinos cambas, campesinos colonizadores y población indígena se viven desde los años 1990, este fue uno de los motivos de la histórica marcha indígena por “territorio y dignidad”. A medida que pasa el tiempo, llegan nuevos actores, se incrementa la disputa por tierras y los conflictos suben de intensidad, por eso la noticia de la llegada del Estado, a través del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), para definir los derechos de propiedad sobre la tierra, fue recibido con júbilo y beneplácito por todos, con excepción de los ganaderos que veían al INRA con desconfianza.

Después de varios años de trabajo, el 2010, el INRA declaró toda esta área como saneada; reconoció derechos de propiedad a quienes demostraron tener derechos desde antes del saneamiento, entregó derechos de propiedad a quienes tenían posesión de la tierra; les dio derechos de propiedad a quienes demostraron que tenían algún trabajo.

A las comunidades tsimanes que, como dice Rosendo, vivían en esta zona desde antes que esto se llame Bolivia, no les reconocieron ningún derecho; para el INRA, esas familias indígenas aisladas en el monte no eran comunidades; carecían de documentos de identidad, no tienen reconocimiento de personalidad jurídica; sus pequeños chacos en medio del monte no justificaban el principio de que “la tierra para quien la trabaja”; los derechos como pueblos indígenas que reconoce la Constitución Política del Estado, dijeron que no se aplica para ellos, porque los Tsimanes ya tienen un territorio reconocido en el Bosque Chiman y allí deben irse.

La historia de los tsimanes me recuerda la historia de Garabombo el invisible. Para el Estado, estas comunidades indígenas son invisibles, no existen, no tienen derechos. El INRA declara estas tierras como tierras fiscales, de dominio del Estado y posteriormente empezó a entregarlas en dotación a nuevos colonizadores, quienes en la medida que llegan van expulsando a estas comunidades indígenas originarias.

- En la pelea que hemos tenido con los interculturales por esas tierras, vino el INRA de Trinidad y me han dicho: tú ya no eres tsimane, ya sabes comer azúcar, sabes comer cebolla, llevas ropa, tú ya no eres chiman, eres como intercultural y debes quedarte tranquilo con una parcela o te vamos a sacar de aquí - relata Rosendo - con muecas y ademanes que reviven el momento y el dolor

Esta historia me parece conocida, se parece mucho a aquella otra, donde el colonizador le entregó la biblia al Inca Atahualpa, diciéndole que era la palabra de Dios, este la agarro, la abrió y sin entender la sacudió y llevo al oído, para escuchar la palabra de Dios y al no entender que era eso que tenía la palabra de Dios, pero no emitía sonido, la arrojo al piso. Esta fue la señal y el justificativo para atacarlo por blasfemia.

Después los españoles declararon estas tierras de propiedad del Rey de España y a su nombre las entregaron a los españoles que llegaron hasta estos territorios para ocuparlas y trabajarlas. Hoy, el Estado Plurinacional de Bolivia, llega a estas tierras, niega la existencia de las comunidades tsimanes porque no tienen documentos, porque no son productores agrícolas, desconoce sus derechos como pueblo indígena, declara las tierras de propiedad del Estado, de dominio fiscal, y las entrega a otros que llegan a su nombre a ocupar y trabajar estas tierras. Hoy, igual que ayer, estas tierras siguen siendo territorios de conquista y colonización.

 


Casas quemadas, tsimanes pegados, justicia ausente

Ellos no llevan la cuenta de los años, pero ese triste 31 de octubre del 2018 nunca se borrará de la memoria de Gabriel Vasnay, cacique de la comunidad de San Gabriel.  Ese día, bajo el ardiente sol de la una de la tarde, Gabriel regresaba a su comunidad, en el camino, a pocos kilómetros de su casa, se encontró con tres motocicletas que venían en sentido contrario. Por el peso de la discriminación y las amenazas que sufría, Gabriel se apartó del camino para cederles el paso. Cuando levanta la cabeza para continuar su camino pudo ver el humo que se levantaba a lo lejos y de inmediato se da cuenta:

  • ¡Quemaron mi casa, carajo!

Años de esfuerzos y trabajo, quedó hecho cenizas. Los sueños, las ilusiones, los pocos planes que tenía, todo de un momento a otro se hicieron humo.  Su casita de 4 x 5 metros, hecha de madera con techo de calamina estaba siendo devorada por las llamas del fuego, dentro de la casa estaba todo lo que él poseía: sus herramientas, machete, cavadora y motosierra; sus armas, el arco y flechas; su ropa, 2 poleras de algodón, un pantalón jean y su camisa de corocho.   Todo quedó quemado y los árboles frutales y el platanal de alrededor de la casa habían sido derribados.

“San Gabriel es una comunidad indígena tsimane, somos originarios de estas tierras, desde siempre, no hemos llegado de ninguna parte, de aquí siempre hemos sido”, dice Gabriel.

  • ¿Cuántas familias hay en San Gabriel?
  • Vivían 18 familias, ahora solo quedamos 4 familias, a las demás las han sacado a la fuerza.

¿Se acuerdan desde qué año están ustedes ahí?

  • Qué año sería, pues. Nosotros no tenemos la cuenta de los años, pero cuando yo era niño ahí vivía yo con mis abuelos. Cuando yo tenía como 10 o 12 años los colonos empezaron a llegar, primero han pedido permiso para quedarse, después ellos sacaron la personería jurídica de la comunidad, en ese entonces fuimos como una sola comunidad, pero cuando salió la personería ellos se apropiaron de todo y empezaron a desalojarnos.

Pese a las amenazas de los colonizadores, algunas familias se niegan a salir y continúan reclamando esas tierras, porque consideran que es de ellos.

Cuando nosotros reclamamos que vivimos aquí, ellos nos piden documentos, porque saben que no tenemos. Ellos sacan papeles, nosotros no tenemos idea de qué dirán esos papeles, pero ellos dicen que el INRA les está dando dotación de esas tierras, que ahora son de ellos, así nos callan”, cuenta Gabriel.

Para resolver los conflictos existentes, el INRA, decidió ir al lugar, verificar directamente quienes están viviendo allí, que trabajo tienen y desde cuando están en posesión de esas tierras. Con esos elementos iba definir quien tiene mejor derecho sobre las tierras. Con ese objetivo el INRA fijó el 3 de noviembre de 2018 para la inspección ocular, en la comunidad San Gabriel.

“Ellos dijeron que venían a ver las mejoras que tienen los interculturales, nosotros les dijimos que también teníamos mejoras y pedimos que también vayan a ver”, contó.

El día 31 de octubre, tres días antes de la inspección del INRA, un día de sol intenso y calor sofocante, en las primeras horas de la tarde, tres personas llegaron en motos a la pequeña comunidad de tsimanes en San Gabriel, prendieron fuego a las cuatro casas que quedaban viviendo en el lugar, los demás se habían marchado por temor, por las amenazas y presión de los colonizadores. Quemaron las cuatro casas de los tsimanes, cortaron las plantaciones frutales y se fueron.

“Cuando llega el INRA, el 3 de noviembre, ya no había viviendas de tsimanes, todo estaba quemado, destruido. Nosotros hemos dicho que ellos lo han quemado y ahí nos han rodeado, nos han insultado, me han pegado. Del cuello me agarraron, me pegaron y me amenazaban con matarme”, relató Gabriel.

- ¿El INRA estaba presente?

- Todo eso delante del INRA que no hizo nada. La comisión del INRA estaba presidida por la señora Maribel Navarro, ella ha hecho caso a los colonizadores y ha dicho que nosotros tenemos que irnos.

- Ustedes tienen que irse, deben desalojar, ustedes tienen que irse a la reserva del Pilón – Lajas, nos ha dicho.

Después de esa violenta audiencia, el INRA tomó la decisión de legalizar lo ilegal, ha autorizado el asentamiento de los colonizadores como comunidad “Flor de Mayo” y a los tsimanes les ha ordenado el desalojo, autorizando para ello el uso de la fuerza pública.

“A uno de mis tíos le han dicho: vas a salir sí o sí. Si es que no sales, aquí mismo te vamos a matar ahorita mismo. Y de eso tuvimos miedo, por eso también nos hemos salido de ahí llorando. A nosotros nos están aplastando, a veces como si fuéramos algo que no tenemos valor, nosotros también somos humanos, siguen sacándonos como basura, no queremos eso”, afirmó Nilda Canare Isa, que también fue desalojada

Con el dolor hasta los huesos por los golpes recibidos, con las marcas de las manos que apretaron su cuello y con el alma rota por las injusticias, Gabriel siente que ha perdido todo. Se siente más defraudado sobre todo por la forma como actúan las autoridades, que fueron testigos insensibles e indiferentes ante la arbitrariedad y el atropello, pues no hicieron nada para impedir la comisión de un rosario de delitos y abusos como incendios de viviendas, destrucción de bienes, lesiones graves y amenazas. Aunque Gabrieon perdió las tierras de su comunidad, su casa, sus cultivos, su trabajo, sus herramientas, todavía tiene coraje para seguir luchando. Por ello, decidió hacer algo que sus padres y antepasados no sabían hacer, acudir a la justicia del Estado.

Gabriel me contó que con el apoyo de toda la familia logró reunir unos pesos para viajar hasta San Borja, acompañado de dos testigos de los incendios y otros dos de las lesiones y amenazas. Por primera vez, iban a ser los colonizadores los que serían detenidos, pensó Gabriel. En la Policía de San Borja, formaliza la denuncia y declara como víctima, al día siguiente declaran los testigos. Al terminar, el policía les indicó que podían irse, y que ellos pasarían su informe a la Fiscalía para que la autoridad determine las acciones a seguir.

Sin entender lo que pasaba, lleno de dudas Gabriel preguntó:

- ¿Lo van a meter preso?

- Yo creo que sí, pero eso lo determina el Fiscal, dijo el policía.

La esperanza en la justicia boliviana dura hasta que te encuentras con ella. Eso le pasó a Gabriel que acudió con esperanzas y sed de justicia y regresó lleno de amargura y frustración. Hasta hoy día, los acusados de incendios, de lesiones y amenazas no han sido llamados a declarar. Las denuncias realizadas por la población Tsimane’s no tienen ningún seguimiento, no hay investigación y menos sanción. ¿Será porque las víctimas son tsimanes’?

Acceder a la justicia estatal tiene numerosas dificultades para los tsimanes’, empezando por la distancia, continuando por el idioma —ya que muy pocos tsimanes’ hablan el castellano y ningún policía, fiscal o juez habla tsimane’— y tampoco hay traductores, aunque la Constitución diga que el idioma tsimane’ es idioma oficial del Estado Plurinacional de Bolivia. Acudir a la justicia es tiempo, es dinero, son largos viajes, son abogados, es peleas y al final solo morderá la mano del humilde tsimane’.

Esta justicia y los mecanismos de discriminación se vuelven perversos cuando los denunciados son pobladores Tsimane’, porque son detenidos, arrancados de sus comunidades, trasladados a las ciudades, donde se toman declaraciones sin traductores, sin apoyo legal efectivo y sin posibilidades de una defensa real.

Así fue detenido Whitman Merena, acusado de robo. Fue llevado a Yucumo, aunque no había ninguna prueba de que haya existido el robo y menos de que Whitman haya tenido alguna participación. Lo detuvieron en su comunidad, se lo llevaron a Yucumo, le encerraron en la carceleta, todo con las pruebas obtenidas en la lectura de las hojas de coca.  Aunque las autoridades saben que el problema real es la pelea por la tierra, el sistema de justicia, las fuerzas de seguridad y las autoridades estatales se prestan para amenazar y despojar a las comunidades tsimanes’.

pesca tsiman 

El apellido se paga con tierra y sangre

Reunidos bajo los árboles, los hombres hablabaan en tsimane’ y otros traducían al español. Las mujeres sentadas en el piso escuchaban y jugaban con los niños; más allá, en una pequeña choza con techo de palma y sin paredes estaba doña Natividad Miro Lero, cocinando un jochi para la cena. Es una mujer mayor, es la abuela de mayor edad en esta comunidad, pero nadie sabe los años que tiene. Ella, igual que los que nacieron antes y los que nacieron después no tienen un certificado de nacimiento, no son reconocidos como ciudadanos del Estado boliviano y el ejercicio de sus derechos son limitados. Ellos son invisibles a los ojos del Estado.

La población Tsimane’ carece de documentos de identidad personal, solamente algunos, los más jóvenes y casi siempre hombres, cuentan con documentos. Las dificultades para tener un documento de identidad son muchas: 1) La falta de registro de los padres, si el padre no tiene documentos no existe, y tampoco podrá reconocer la existencia sus hijos; 2) Los niños tsimanes’ no nacen en un centro de salud, por lo tanto, tampoco tendrán un certificado de nacido vivo que otorga el médico y que es requisito para la inscripción en el registro civil; y 3) La distancia de las oficinas públicas y los costos económicos que tienen los procesos judiciales complican la situación .Estos procedimientos son necesarios para inscribir en los libros de nacimiento a cualquier persona mayor del año de edad.

Quién no tiene un documento de identidad, jurídicamente no existe, no es ciudadano, no tiene derechos, no puede ser propietario, no puede votar en las elecciones, no puede cobrar los bonos que entrega el Estado. Esta realidad constituye una negación a la nacionalidad, a la ciudadanía, incluso al derecho a la propiedad. La falta de documentación del pueblo tsimane’ es una situación que alienta su invisibilización como pueblo, al negar su existencia y sus derechos.

A la comunidad Río Grande llegó un señor de nombre Gonzalo, quién ofreció su apoyo y amistad. “Don Gonzalo”, como le llaman hasta ahora, era comerciante, siempre iba a visitarlos, un día les dijo que también sería su vecino, les llevaba algo de azúcar, de sal y arroz.  Después de un tiempo les ofreció ayuda para tramitar sus documentos de identidad, les dijo que él les daría su apellido y con eso tendrían los carnets de identidad.  Les hizo poner las huellas digitales en unos papeles en blanco, después llegaron comisiones para hablar con ellos, volvían a tomar huellas digitales. Los tsimanes’ tenían la instrucción de manifestar que eran trabajadores de Don Gonzalo y que por eso éste les ayudaba.

Con la ayuda de Don Gonzalo, la mayoría de las familias de Río Grande, lograron obtener sus documentos de identidad, allí todos tienen el apellido Fernández, qué don Gonzalo les había dado.

- Con ese derecho empezó a llamarnos hijos y a pedirnos que sembremos arroz para él - dice Miguel- después ya apareció como dueño de todo esto y diciendo que nosotros podíamos seguir viviendo aquí como sus trabajadores

Cuando los Tsimanes’ solicitaron al INRA que les reconozcan derechos sobre esas tierras, se enteraron de que ahora son de propiedad de un Gonzalo Escobar. Desde entonces ellos sienten que también “don Gonzalo” los había engañado, que los había usado para legalizar esas tierras a su nombre y que los documentos que firmaban con huellas digitales, probablemente han sido usados para demostrar que estas familias eran simplemente sus trabajadores.

Algunos jóvenes hablan en tsimane’, parecen molestos. Luego Whitman me tradujo. Ellos hacen referencia a que don Gonzalo les engañó hasta con el apellido, él decía que les dio su apellido, les decía hijos, les pedía hacer trabajo para él y después descubren que se apellida Escobar y no Fernández, que es el apellido que les dieron a ellos.

En idioma tsimane’ y con ayuda de traductores me contaron como un día normal, como cualquier otro, cuando todos los hombres se habían ido al monte o a los chacos a trabajar y solamente estaban las mujeres niños pequeños en las casas, de repente, del monte, salieron militares gritando y metiendo bala contra las casas. Mataron perros, chanchos y cuanto animal encontraban, gritando que si no querían salir vivos, saldrían muertos, haciendo referencia al pedido de desalojo que les habían hecho a los tsimanes’.

Las mujeres cargaron a sus hijos como pudieron. Corrían al monte a gatas, cayendo y levantándose. El profesor huyó con los niños de la escuela hasta llegar al río, allí quedaron escondidos, pero una de las niñas de la escuela, de 11 años, quedó atrás y se escondió, cuando pasaba uno de los militares la vio y a quemarropa le disparó quitándole la vida.

No recuerdan la fecha, ni el año exacto, parece que fue el 2017 o 2018 me dicen, tampoco saben si realmente eran militares o simplemente matones con ropa militar, lo que sí saben, es que nunca hubo un detenido, nunca hubo investigación, nunca hubo culpable, nunca hubo justicia. El apellido fue pagado con tierra y sangre.

familia tsiman 

El sueño de Whitman Merena

Whitman Merena, el hijo Rosendo, tiene unos 33 años, moreno, pelo corto, siempre viste con poleras de futbol, porque son económicas y no por amor al deporte, es un joven inquieto, dinámico, siempre tiene algo que hacer o algo que decir, pareciera que está tan cargado de inquietudes y preocupaciones que hierven dentro de él y cuando alguien se acerca salen a borbotones por dónde pueden, con preguntas, con comentarios, con ideas, parece incansable.

Tenía la impresión que Whitman vivía en dos mundos diferentes, que él se ha convertido en una especie de bisagra que une ambos mundos, pero que también es parte de ambos.

De un lado tiene al mundo tsimane’: El mundo de sus comunidades, donde la gente se mueve con base a las estaciones del tiempo, época de siembra, de cosecha, época de pesca o caza, donde las distancias se miden por días de camino o curvas del río. Allí, en ese mundo, el cielo es controlado por los hermanos míticos que crearon el universo chimane: Dojity (Duik) es "el peleador que pone al mundo en su lugar a medida que viaja, y su hermano Micha' (Mitcha) que es el juicioso y con una vida de familia.

Del otro lado tiene el mundo externo: El mundo de las ciudades, donde la gente vive como hormigas, envueltos en la bulla y el ruido, atrapados en la angustia del tiempo, corriendo de un lado para otro, aunque no sepan a dónde quieren llegar, donde el tiempo es tan valioso que se lo quitan a sus propias familias. Es el mundo de las autoridades, de la burocracia, de las largas filas, donde la gente vive aprisa, pero los tramites nunca avanzan, donde te hacen renunciar a tus derechos por cansancio. Es el mundo de la tecnología, donde el tiempo y el espacio se mesclan y confunden; es el mundo de los teléfonos celulares, de las computadoras, del internet, aparatos que Whitman ha aprendido a usar para comunicarse con asesores, autoridades, con otros pueblos, con ONGs. Él sabe que en este mundo el cielo está controlado por satélites, y que es fácil confundir las estrellas con las luces de neón.

“La primera vez que fui a La Paz me parecía todo muy raro, muy frío, me faltaba el aire, la gente en la calle como hormiga; después me fue gustando, no había bichos ni mosquitos”, dice en tono de broma. Luego, con acento más serio continua: “Vi las ventajas que tiene la ciudad, tienen colegios, institutos, universidades, campos deportivos, centros de salud, medios de transporte rápido, hay todas las posibilidades de estudiar, de tener profesión y trabajo. Todo eso me gusto”.  

Whitman valora y defiende su cultura, pero él está convencido que deben hablar su propio idioma, pero también el español, que necesitan saber leer y escribir.

- Para ser dirigente es necesario, saber el español, saber leer y escribir, porque nos relacionamos con los demás en español, se negocia con las autoridades en español y hay que saber que firmar, que dice un documento, que no nos mientan - dice

- Yo te escucho en radio, de repente te veo en televisión, después te veo en reuniones por celulares, por internet, por zoom. ¿Cómo ha sido este cambio para vos, no crees que esto afecte tu cultura?

- “Yo he podido acceder al uso de la tecnología de la comunicación y la uso con el mayor entusiasmo, yo tengo WhatsApp, tengo Facebook, tengo reuniones por zoom, lo que no tengo es plata para comprar créditos -dice en tono de broma- siento que todo eso me ayuda a ser un buen dirigente y me siento feliz de estar también en ese mundo, soy feliz de caminar hasta mis comunidades, de pescar con arco y flecha, pero también soy feliz de moverme en moto o en avión, de comunicarme por teléfono o por zoom

Él sostiene que la fuerza de su cultura está en el idioma, en sus relaciones sociales y el territorio y que es eso lo que se tienen que defender y conservar.

- Es el idioma el que transmite la identidad tsimane, nos identificamos tsimanes por el idioma. Las relaciones sociales, las relaciones con la familia, las visitas a los parientes, el compartir trabajo, comida y chicha. Pero todo eso, si no hay el territorio se muere.

Por ejemplo, donde están viviendo ahora los de comunidad Flor de Mapajo, en Ukullamaya, 20 familias viviendo en un lotecito de 15 x 30 metros, los hombres trabajando de jornaleros en las parcelas de los interculturales y los niños van a la escuela de los interculturales, donde toda la educación es en español y como el “chimancito” no entiende español, lo hacen sentir tonto. eso mata la cultura de un pueblo. la tecnología son solo herramientas.

- ¿Cuál es tu sueño? ¿Cómo quisieras que sea el futuro?

- Mi sueño es que podamos vivir bien, poder vivir en paz, que el INRA y los interculturales reconozcan nuestra tierra y nos dejen vivir en paz.

El sueño de Whitman es un reflejo del sueño de su gente. Después de tantas peleas, de tanto sufrimiento, de tantas humillaciones, su sueño es simple, concreto y generoso, sueñan vivir en sus tierras, en paz.

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